sábado, 29 de agosto de 2026

ETTY HILLESUM

 


Etty (Esther) Hillesum fue una judía holandesa nacida en 1914 y asesinada en Auschwitz en 1943. Su existencia se dio a conocer en 1981, con la publicación de unos extractos del diario que comenzó a escribir en 1941 para poner algo de orden en su “caos interior” y orientar y unificar poco a poco su vida. En él asistimos a su itinerario espiritual que, en menos de tres años, la llevó a una maduración y a un don de sí sorprendentes.

Hija de un profesor de lenguas clásicas y de una judía rusa emigrada, tiene dos hermanos, Jaap y Misha, de dos y ocho años, respectivamente, menos que ella. 

Etty estudió Derecho y Lenguas eslavas en Amsterdam, donde su temperamento apasionado y su sed de absoluto la llevan a lanzarse en muchas relaciones que la dejarán «desgraciada y desgarrada». En febrero de 1941, conoce a Julius Spier, un judío berlinés que ayuda a las personas en dificultades a encontrar equilibrio y paz. Sin vincularse a ninguna confesión particular, Spier había descubierto la Biblia y había entrado en relación con Dios y en una cierta vida de oración. Con él, Etty descubrirá también, además de la Biblia, a autores como san Agustín o Tomás de Kempis; también frecuentará a Tolstoi, Dostoievski y Rilke. Etty, la “chica que no sabía arrodillarse”, se encontrará de rodillas cada vez con más frecuencia, e irá entrando en un diálogo libre y espontáneo, pero muy íntimo, con Dios. Y comienza a “trabajar duro sobre ella misma”, iniciando la redacción del diario que conocemos y que será un medio privilegiado para expresar e intensificar el diálogo que comienza a sostener con Dios.

Etty siente cómo nace y crece en ella un amor incondicional a la vida, y, mientras la vida exterior de los judíos de Holanda se va haciendo cada vez más difícil ella encontrará en sí misma un espacio de paz, de libertad, un amor inmenso por la vida, por Dios, por toda criatura:

“No se nos puede hacer nada, nada verdaderamente. Se nos puede volver la vida bastante dura, despojarnos de algunos bienes materiales, quitarnos una cierta libertad de movimiento exterior, pero somos nosotros quienes nos despojamos de nuestras mejores fuerzas con una actitud psicológica desastrosa. Sintiéndonos perseguidos, humillados, oprimidos. Teniendo odio. Fingiendo para esconder nuestro miedo. Se tiene el derecho de estar triste y abatido, de vez en cuando, por lo que se nos hace sufrir: eso es humano y comprensible. Y sin embargo, el verdadero expolio, es el que nos infligimos a nosotros mismos. Encuentro bella la vida y me siento libre. En mí, se despliegan los cielos tan vastos como el firmamento. Creo en Dios y creo en el hombre, me atrevo a decirlo sin falsa vergüenza... Soy una mujer feliz y canto las alabanzas de esta vida, sí, habéis leído bien, en el año de gracia de 1942, el enésimo año de la guerra”.

No es una huída de la realidad: es acoger la realidad tal como es, aceptar todo lo que la vida ofrece, tanto el sufrimiento como la felicidad. Etty comprende que el verdadero problema de la vida no es el sufrimiento sino el miedo que el sufrimiento inspira. Ella se esfuerza en aceptar como bueno todo lo que la vida, real y concreta, le trae.

“De tus manos, Dios mío, lo acepto todo, tal como venga. Es siempre bueno, lo sé. He aprendido que, soportando todas las pruebas, se las puede convertir en bien... Siempre, desde que me dispongo a afrontarlas, las pruebas se cambian en algo hermoso”.

Etty ha aceptado un empleo en el «Consejo judío» creyendo que podrá ayudar a sus compañeros de infortunio. Es un trabajo doloroso, en un ambiente de angustia y pánico, pero Etty es capaz de preservar su paz, su amor a la vida, su relación con Dios. Y su amor se hace más universal, más capaz de extenderse a todo ser humano sin excepción, bueno o malo, digno o indigno. Siente también que debe desprenderse de todo poco a poco, que nada deberá impedir que siga libremente el destino que será el suyo, decir quizá adiós a los vínculos familiares para compartir la suerte de su pueblo. Etty acepta la perspectiva de la muerte:

“La eventualidad de la muerte está integrada en mi vida; mirar a la muerte a la cara y aceptarla como parte integrante de la vida, eso es alargar la vida. A la inversa, sacrificar desde ahora a la muerte un trozo de esta vida, por miedo a la muerte y rechazo de aceptarla, es el mejor modo de no conservar más que una pizca de vida mutilada, que no merece apenas el nombre de vida”.

En agosto de 1942 Etty pidió ser destacada al Campo de Westerbork, un Campo de tránsito en el que creía que sería más útil. Tenía libertad para entrar y salir, y en uno de los primeros viajes que realizó a Amsterdam asistió a la muerte de Julius Spier. Sobrelleva su inmenso dolor con una calma desconcertante, y da gracias por el don que fue Julius en su vida:

“Eres tú quien ha liberado en mí las fuerzas que tengo. Tú me has enseñado a pronunciar sin vergüenza el nombre de Dios. Tú has servido de mediador entre Dios y yo, pero ahora tú, el mediador, te has retirado, y mi camino lleva directamente a Dios; está bien así, lo siento. Serviré yo misma de mediadora para todos los que pueda encontrar”.

Frente al terror y la crueldad nazi contra los judíos Etty estará tentada de reaccionar como muchos de sus contemporáneos: con desesperación y con odio. Pero su confianza en Dios la inmuniza contra la desesperación, y en cuanto al odio, Etty ha comprendido que es un veneno para el corazón. La víctima inocente de una injusticia, si alimenta el odio a su verdugo, entra a su vez en la espiral del mal y se convierte en su cómplice. 

“Sé que los que odian tienen para ello buenas razones. Pero ¿por qué tendríamos que elegir siempre la vía más fácil, la más obvia? En el Campo he sentido con todo mi ser que el menor átomo de odio, añadido a este mundo, lo hace más inhóspito aún. Y pienso, con una ingenuidad pueril quizá pero tenaz, que si esta tierra se vuelve algún día un poco más habitable, lo será por el amor del que el judío Pablo habló antiguamente a los habitantes de Corinto en el capítulo trece de su primera carta».

Lejos de provocar amargura y odio, su confrontación con el mal la llevó a crecer en el amor y a reconocer que las raíces del mal están en cada uno de nosotros, y que es ahí donde hay que combatirlo. Se esfuerza incluso en reconocer detrás del verdugo a un ser humano, con su propia vida interior, su propia desgracia, y aplicar el precepto evangélico del amor a los enemigos, así como las palabras de san Pablo a los romanos: «Venced el mal con abundancia de bien»:

“A cada nueva exigencia, a cada nueva crueldad, debemos oponer un pequeño suplemento de amor y de bondad que conquistar para nosotros mismos”.

En Westerbork, Etty se siente requerida para una misión: ser amor lúcido y reflexivo que extiende su compasión a todos los que ella trata. Ser, en medio de tanto dolor y sufrimiento, una remanso de paz y de consuelo. Por las ayudas materiales que proporciona, por los correos de los que es intermediaria, por las palabras de aliento, por su sola presencia cuando las palabras son impotentes. Se gasta sin tasa con las madres, con los niños solos, con las personas de edad, con todos aquellos a los que ella puede procurar un poco de consuelo. Su actitud en el Campo es la señal indudable de la autenticidad de su experiencia espiritual. También se hace más profunda su vida de oración.

“Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me sitúo en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra, los ojos levantados hacia tu cielo, tengo a veces el rostro inundado de lágrimas -única válvula de escape de mi emoción interior y de mi gratitud…-  y esto es mi oración”.

Etty sabe cuánto importa “guardarse de hacer pesar en el día presente, que tanto pesa, las angustias que inspira el porvenir». Escribe en septiembre de 1942:

«Una vez más, anoto para mi propio uso Mateo 6, 34: "No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad". Hay que eliminar cada día, como a las pulgas, las mil pequeñas preocupaciones que nos inspiran los días que vendrán y que roen nuestras mejores fuerzas creadoras. Se toman mentalmente toda una serie de medidas para los días siguientes y nada, pero nada en absoluto, sucede como estaba previsto. A cada día le basta su contrariedad. Hay que hacer lo que se tiene que hacer, y por lo demás, guardarse de dejarse contaminar por las mil pequeñas angustias que son otras tantas mociones de desconfianza respecto a Dios. Todo acabará por arreglarse... Nuestra única obligación moral es desbrozar en nosotros mismos amplios claros de paz y extenderlos cada vez más, hasta que esta paz irradie hacia los demás. Y cuanta más paz haya en los seres, más habrá también en este mundo en ebullición».

La expresión, “ayudar a Dios”, aparece varias veces en sus escritos. Etty no duda del socorro de Dios, que tienen muy experimentado. Pero, en este tiempo particular en que parece que Dios se ha retirado, no es tiempo de pedirle cuentas, sino de “salvar”, en ella y en los demás, una morada para Dios, un espacio de paz, de benevolencia, de humanidad. 

“Voy a ayudarte, Dios mío, para que no te apagues en mí, pero no puedo garantizarte nada por anticipado. Una cosa, sin embargo, me parece cada vez más clara: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte, y haciéndolo, nos ayudamos a nosotros mismos. Esto es todo lo que nos es posible salvar en esta época, y es también la única cosa que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío. Quizá podremos también sacarte a la luz en los corazones martirizados de los demás” 

La política nazi continúa endureciéndose. Algunos amigos aconsejan a Etty escapar, esconderse. Pero ella quiere asumir la misma suerte que su pueblo. Además, en enero de 1943 se ha puesto en marcha la “solución final” (el exterminio de todos los judíos del Reich) y sus padres y su hermano Mischa están también internados en Westerbork desde la gran redada de junio de 1943. 

En julio de 1943, los miembros del Consejo judío deben escoger: la mitad de ellos debe abandonar Westerbork y el resto, quedarse allí en calidad de “internados”. Etty no quiere abandonar a los suyos y opta por quedarse (antes de su partida confió los diarios que había escrito a su amiga Maria Tuinzing, con el encargo de que los hiciese publicar si ella no sobrevivía). A su hermano Mischa, por su talento como pianista, se le ofrece escapar de la deportación, pero no quiso abandonar a su familia, y el comandante del Campo, encolerizado, decidió la deportación de toda la familia, Etty incluida. 

El 7 de septiembre Etty, Mischa y sus padres suben al convoy que los llevará a Auschwitz. Los padres murieron probablemente durante el transporte (o fueron gaseados al llegar). A Etty la matarán el 30 de noviembre de 1943, y a Mischa, en marzo de 1944. Solo Jaap se encontraba aún en Amsterdam. Será deportado en 1945 a Bergen Belsen y morirá de tifus en abril.

No se sabe nada de las semanas pasadas en Auschwitz. Pero no hay duda de que Etty ha tenido la gracia de ser fiel a la línea de fondo de su vida:

“Estoy dispuesta a aceptarlo todo, en cualquier lugar de la tierra donde le plazca a Dios enviarme; estoy dispuesta también a atestiguar, a través de todas las situaciones, y hasta la muerte, la belleza y el sentido de esta vida».

“Hay que elegir: pensar en sí mismo sin preocuparse de los demás, o tomar distancia respecto a los deseos personales y entregarse. Y para mí, este don de sí no es una resignación, un abandono a la muerte. Se trata de mantener la esperanza, allí donde puedo y donde Dios me ha puesto”.






martes, 4 de agosto de 2026

EL REGRESO DE ULISES


La Odisea llega al cine. Los medios (la prensa, las redes,...) lo proclaman incesantemente y permiten adivinar su éxito de taquilla. La presencia de los clásicos es más necesaria que nunca. Se diría que hay en el ser humano una sed de los valores que encarnan, y necesitamos actualizarlos cíclicamente para no dejarnos descomponer por los personajes insuficientes que nos salen hoy al paso con tanta frecuencia, personajes artificiales, descolocados, incapaces de sugestionar y despertar nuestra simpatía y nuestra solidaridad. Los clásicos, al contrario, nos hablan de héroes con rasgos humanos que se esfuerzan por torcer el rumbo del destino, por alcanzar el honor y la gloria a costa de los esfuerzos que fueran necesarios, que se enfrentan a la tentación, y sucumben a ella, o resisten y superan la prueba que parecía insuperable. Personajes sólidos, compactos, de una pieza, con alma grande. Con grandes virtudes. Y también con grandes defectos, defectos humanos como los nuestros, pero animados por un alma capaz de grandes hazañas.

Alguien ha dicho que "después de Homero, todo es plagio", y no le falta razón. Los clásicos nos enseñan los rasgos que acompañan al hombre, que confieren a su vida un valor auténticamente humano. Nos muestran la capacidad de la voluntad para configurar la propia vida, el valor de la hospitalidad, el peligro del exceso que rebasa los límites. Y el heroísmo, y el miedo, y la vulnerabilidad, y la astucia, y la excelencia, y la envidia, y la lealtad, y el rencor, y el deber, y la virtud, y la traición. Y el bien y el mal. Y el valor de la memoria. Y el valor de la verdad.

Los personajes de nuestros clásicos personifican los defectos y las virtudes de toda la humanidad, y han sido replicados incesantemente a lo largo de la historia de la literatura. Son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros mayores. Han dado lugar a lo que sentimos, a lo que pensamos y a lo que somos. Los clásicos nos enriquecen y nos dilatan la mente y el corazón.

Me parece máximamente oportuno este periódico retorno a nuestros clásicos, a los fundamentos de nuestra cultura. Han quedado ya muy atrás aquellos años en los que las publicaciones juveniles mostraban las biografías de personajes capaces de transformarse a sí mismos y de transformar la realidad. Personajes de la historia, del arte, de la ciencia, del pensamiento, de la fe,…, pero reales, auténticos, de carne y hueso, que mostraban las posibilidades de la realidad y las capacidades que esconde la vida humana. Sólo los ideales sustentados en la realidad nos permiten sacar de nosotros lo mejor.

Publicado en el diario Información en día 4 de agosto de 2026


lunes, 1 de junio de 2026

CONTEMPLACIÓN DE UN ÁRBOL

 


Antonio, sevillano trasladado en su infancia a Madrid, conocedor de la necesidad y la miseria, errabundo desde su juventud, y, luego, emigrante a Francia, ahora, a sus 34 años, cuando ha encontrado en Soria el amor de una mujer que ilumina su existencia, descubre, con horror y dolor, que la muerte la tiene ya cercada y siente que su propia vida se asoma al abismo. Un día contempla un viejo olmo, partido por un rayo y medio podrido, un olmo que parece irremediablemente enfermo, sin posibilidades de recuperación, y al que, contra toda esperanza, le asoman a la vida unos pequeños brotes verdes. Antonio se quiere contemplar a sí mismo en ese olmo, quiere ver también reverdecida su esperanza, su ilusión. Quiere creer que las cosas nunca están tan mal que no puedan estar mejor. 


Dejemos aquí a Antonio, cuya vida no se descomplicará fácilmente, y vayamos con Nicolás. Francés de la Lorena, vive una infancia y juventud sin comodidades, exactamente igual que la de sus vecinos y paisanos. Un día de invierno, a los 18 años, también él, como Antonio, se queda contemplando un árbol. En esta ocasión no sabemos de qué árbol se trata, sólo sabemos que es un árbol desnudo, sin su follaje de verano, reducido a su esqueleto. Nicolás queda, como Antonio, contemplando y meditando lo que ve. No hay en ese árbol nada que lo distinga de un cadáver de árbol. Aparentemente. Porque Nicolás sabe ya que volverá a reverdecer cuando llegue el momento, y se manifestará nuevamente la vida que ahora está oculta. Le viene a la cabeza una historia que había oído de niño: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.”. Dios, piensa Nicolás, se ocupará de que ese árbol de ahora llegue a dar de sí el árbol de mañana.


Luego, se aleja. Continúa su paseo, continúa su vida. Buscando prosperar, abandona su pueblo. Se alista en el ejército, participa en una larga guerra, le licencian, regresa a casa. Pero no es hombre que se deje arrastrar por la corriente, que se deje arrastrar por la vida. Se para a meditar. Y en una de esas meditaciones recuerda aquel árbol seco que contempló en aquel paseo. Nicolás medita la providencia de Dios. Dios se ocupa de sus criaturas, y se ocupa también de él. ¡Se está ocupando de él ahora! 


De pronto, todas las preocupaciones y los miedos que flanqueaban su vida desaparecen. Ya no significan nada, al lado de este “Cuidador” que acaba de descubrir. Continuamente está a su lado, sólo si se olvida de eso crecen los monstruos a su alrededor. Y se abandona en su brazos, confiado, como un niño en brazos de su padre. Ha descubierto el secreto para una vida serena, gozosa, en medio de los azares del mundo.


Entra en un monasterio como hermano laico. Toma el nombre de Lorenzo, y se queda allí, viviendo y reflejando la presencia de Dios en su vida. No deja apenas escritos, sólo unas pocas cartas, algunos consejos y el ejemplo de una vida atenta a lo importante. Hoy todo esto está recogido en un pequeño librito del que nos ha hablado León XIV: “La práctica de la presencia de Dios”, del que recojo algunas frases:

A fin de formar el hábito de conversar con Dios continuamente y de referir todo lo que hacemos a Él, al principio debemos dedicarnos a Él con cierto esfuerzo: pero después de un poco de esfuerzo deberíamos encontrar que su amor nos estimula interiormente a hacerlo sin ninguna dificultad. 

La confianza que ponemos en Dios lo honra grandemente, y hace descender grandes gracias. Es imposible no solo que Dios engañe, sino también que deje a sufrir a un alma perfectamente resignada a Él y resuelta a soportar cualquier cosa por Él.  

El método más excelente que había encontrado para ir a Dios era el de cumplir con las tareas más comunes sin el deseo de agradar a los hombres; sino (hasta donde somos capaces) de hacerlas puramente por amor a Dios. 

No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por amor a Dios, porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra sino el amor con que la hacemos. No deberíamos sorprendernos si, inicialmente, fallamos frecuentemente en nuestros esfuerzos.

Publicado en la Hoja del Lunes de Alicante el 1 de junio de 2026


miércoles, 12 de noviembre de 2025

"SÍNDROME POST-ABORTO"

 

La Asociación de Abogados Católicos ha denunciado ante la Fiscalía a la ministra de sanidad por haber negado que exista un “síndrome post-aborto”, algo que les parece inadmisible en una persona con formación médica, como es la denunciada.

 Eso mismo debería hacernos recapacitar sobre lo acertado de la expresión “síndrome post-aborto”. Lo primero que hay que decir es que, en Medicina, se llama síndrome al conjunto de síntomas que aparecen unidos y caracterizan a una enfermedad. En el caso del aborto, las secuelas, de diversa especie, no constituyen un conjunto definido ni aparecen siempre unidas, por lo que, en rigor, no se puede hablar de “síndrome post-aborto”, que es lo que dice nuestra ministra.

 Pero es una forma de reserva mental, una forma de jugar al escondite. Porque nadie puede negar la existencia de secuelas derivadas del aborto provocado sin exponerse al bochorno. La propaganda pro-abortista continuamente proclama que el aborto legal es médicamente "seguro", y que es necesario legalizarlo o despenalizarlo debido a la gran cantidad de muertes maternas causadas por el aborto ilegal. Pero la realidad es que el aborto provocado, legal o ilegal, daña física y psicológicamente a la mujer, y puede acarrearle la muerte. Es verdad que algunas publicaciones niegan la aparición de estas secuelas, pero los trabajos que tienen muestras más amplias, y que siguen el historial de esas mujeres durante más tiempo, todos ellos coinciden en que las secuelas que sufren las mujeres tras el aborto son objetivas y múltiples.

 Entre las secuelas físicas del aborto en la mujer están las infecciones, las hemorragias, las complicaciones debido a la anestesia, las embolias pulmonares o del líquido amniótico, así como las perforaciones, laceraciones o desgarros del útero. Estadísticamente hablando, se estima que el riesgo inmediato de dichas complicaciones es de un 10%, pero el de las complicaciones a largo plazo es entre el 20 y el 50%.

 Más insidiosas son las secuelas psicológicas, que incluyen sentimientos de culpa, angustia, ansiedad, depresión, baja autoestima, insomnio, diversos tipos de neurosis y de psicosis, tendencia al suicidio, pesadillas en las que aparecen los restos del bebé abortado, recuerdos dolorosos en la fecha en que hubiera nacido, etc. La Real Academia de Obstetricia de Inglaterra ha informado de que las probabilidades de problemas psiquiátricos graves y permanentes después de un aborto provocado pueden alcanzar hasta el 59% de las madres en un largo plazo.

 Cada año, más de un millón y medio de mujeres se practican abortos. Eso significa que más de 4.000 niños aún no nacidos son matados legalmente cada día. Para muchas, el aborto parece ser la decisión correcta en el momento. Pero a estas mujeres casi nunca se les cuenta los posibles efectos físicos y psicológicos que pueden arrastrar como secuela para el resto de sus vidas.

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 "El médico me dijo que sólo había que inyectar un poco de líquido, que sentiría unos y que después expulsaría el feto. No fue así. Sentí a mi niña moverse de aquí para allá durante hora y media, el tiempo en que tardó en fallecer. Tuve un parto difícil durante más de 12 horas y yo misma di a luz a mi hija. Era hermosa, tenía cinco meses y medio... pero estaba muerta".

 "Mi médico no me contó que podría tener una abundante hemorragia y una infección que me podría durar semanas, como así fue. Tampoco me dijo nada sobre la posibilidad de que me extirpasen el útero (histerectomía), tal como me hicieron ocho meses más tarde"

 "Nadie me dijo nunca que viviría con esta decisión durante el resto de mi vida. Han pasado varios años pero mi pena continua."

Transcripciones de testimonios reales recogidos por la obstetra Rosario Ramos Heinrich.

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 Para saber más:

 1.    El índice de muerte materna vinculado al aborto es 2,95 veces más elevado que el de embarazos que llegan al parto en la población de mujeres de Finlandia entre los 15 y los 49 años de edad. Investigación realizada en el Centro Nacional de Investigación y Desarrollo para el Bienestar y la Salud de Finlandia, que concluyó que el embarazo contribuye a la salud de las mujeres (Am J Ob Gyn. 2004, 190:422-427).

  2.    Las mujeres que se habían practicado abortos tuvieron un índice de mortalidad casi el doble de las controles en los siguientes dos años, persistiendo incrementado el índice de muerte durante por lo menos ocho años. (Reardon DC, Ney PG, Scheuren F, Cougle J, Coleman PK, Strahan TW. Deaths associated with pregnancy outcome: a record linkage study of low income women. South Med J. 2002, 95:834-41).

  3.    Mortalidad de 1,1/100.000 mujeres que abortaron a las 12 semanas de gestación, investigación realizada por Gynecologie-obstetrique et biologie de la reproduction, Universite Paris V (Rev Prat. 1995, 45:2361-9).

  4.    Perforación asociada al aborto provocado hasta un 1,2% de los casos. Realizado por el mismo grupo francés anterior (Rev Prat. 1995, 45:2361-9).

 5. Trombosis de la vena ovárica con presentación atípica, de Washington University/Barnes-Jewish Hospital, St. Louis, Missouri, USA (Obstet Gynecol. 2000 Nov;96:828-30).

 6.    El aborto provocado o espontáneo no produce cáncer de mama según los mejores estudios hasta la fecha, pero está claro que la decisión de retrasar el embarazo tiene consecuentemente una pérdida de la protección que aporta éste, con un riesgo neto mayor aumentado, investigación de la University of North Carolina, USA (Lancet 2004, 363: 1007; Obstet Gynecol Surv. 2003 Jan;58(1):67-79. Review).

 7.    El aborto provocado por aspiración produce un riesgo aumentado de pérdida del hijo en el siguiente embarazo, resultados de Shangai Institute of Planned Parenthood Research, China (Int J Epidemiol. 2003, 32:449-54).

 8.    Tras un aborto provocado (curetaje), el riesgo de placenta previa en el siguiente embarazo y parto prematuro, con posible aborto espontáneo, se presentó en 3 mujeres de cada 4 con historia de aborto, OR 2,9, (95% IC 1,0-8,5), resultados del Fred Hutchinson Cancer Research Center, Division of Public Health Sciences, Seattle, WA, USA (Int J Gynaecol Obstet. 2003, 81:191-8). Esto se había probado ya anteriormente en un estudio de la Universidad de Medicina de New Jersey OR 1,7 (95% IC 1,0-2,9) (Am J Obstet Gynecol. 1997, 177:1071-1078).

  9.    En este sentido, las mujeres con antecedente de aborto provocado tuvieron un riesgo mayor de presentar un recién nacido altamente prematuro que aquéllas sin este antecedente (3 de cada 5 mujeres con historia de aborto provocado presentaron parto gravemente prematuro; OR + 1.5, 95% CI 1.1-2.0) (Bjog. 2005, 112:430-437).

 10.  Sánchez Durán en un estudio revisión español publicado en la revista JANO en el 2000 (número 1349) resume las principales complicaciones de las que hay que informar a las mujeres en la interrupción voluntaria del embarazo de primer trimestre. Las complicaciones inmediatas son desgarros cervicales, perforación uterina, sangrado y persistencia de restos del embrión dentro del útero. Las complicaciones tardías son las adherencias o sinequias uterinas, las cicatrices e incompetencia cervical, que producen parto prematuro y aumento del riego de pérdida del siguiente hijo.

 11.  El aborto provocado aumenta los riesgos de alteraciones en el estado del ánimo (depresión y autolesión), enmarcadas en el síndrome post-aborto, un estudio de University of North Carolina, USA (Obstet Gynecol Surv. 2003, 58:67-79).

 12.  Las mujeres que han sufrido un aborto provocado padecen un síndrome de estrés generalizado con un 30% más de probabilidad que las que han llevado adelante su embarazo no deseado. Resultados de Jesse R. Cougle y colaboradores, publicado en Journal of Anxiety Disorders 2005, 19:137-142.

 13.  El aborto provocado puede tener secuelas psiquiátricas, difícilmente tratables e irreversibles, independientemente de la actitud previa de la mujer hacia el aborto (Melinda Tankard Reist, Giving Sorrow Words: Women´s Stories of Grief After Abortion, Sydney, Duffy & Snellgrove 2000).

 14.  El aborto provocado por malformación fetal tiene secuelas igual de graves que la pérdida de un hijo sano, y la interrupción voluntaria del embarazo en este supuesto causa aislamiento social y depresión. Son los resultados de un estudio noruego y otro alemán del Klinik und Poliklinik fur Psychiatrie und Psychotherapie (Ultrasound Obstet Gynecol. 1997, 9:80-85; Zentralbl Gynakol. 2001, 123:37-41).

 15.  Se han descrito alteraciones en las relaciones sexuales y el deseo sexual de numerosas mujeres que abortaron voluntariamente en varios estudios europeos de la Universidad de Ginebra y de Polonia (Gynecol Obstet Invest. 2002, 53:48-53; Pieleg Polozna. 1988, 5:7-9 contd).

 Publicado en la Hoja del lunes de Alicante el 15 de diciembre de 2025.


lunes, 13 de octubre de 2025

REGISTRO DE OBJETORES

 


Hace unos pocos días fui testigo de algo que me hizo sonreír en un principio, y después me ha hecho pensar. Alguien preguntaba a una aplicación de “inteligencia artificial” a través de su móvil: ¿Cuántos brazos tiene… Y cuando hubiera debido terminar la pregunta concretando a qué se refería se quedó en silencio, seguramente buscando cómo expresarlo, cómo formular la pregunta. La aplicación interpretó ese silencio como el final de la pregunta, y se lanzó a responder: La respuesta a la pregunta ¿cuántos brazos tiene? depende del contexto. Una persona tiene generalmente dos brazos, un pulpo tiene ocho brazos o tentáculos, la vía láctea tiene cuatro brazos espirales principales,... 


Sonreí en ese momento, pero desde entonces el recuerdo de aquella respuesta me parece de la máxima actualidad. Porque la aplicación en cuestión supo contemplar al hombre en su situación habitual: de suyo, y si no se hacen más aclaraciones, el hombre tiene dos brazos. Pero a esa aplicación le parece que también los individuos que por alguna razón han perdido uno de sus brazos, o los dos, siguen estando incluidos en la idea de “hombre”.


Según datos del Ministerio de Sanidad, en 2024 se provocaron en España 106.172 abortos, el 21,25% de ellos, en centros de titularidad pública. Del total de abortos provocados, el 2,71% se justificó por riesgos de salud del feto, el 2,65%, por riesgo para la salud  de la madre y el 94,62 (100.460) "a petición de la mujer". Cien mil abortos, casi la totalidad de los ejecutados en España, se llevaron a cabo porque la madre así lo decidió. Yo leo estos datos y me pregunto: ¿por qué quieren cambiar una Constitución con la que es posible esto? ¿Cuáles son esas restricciones actuales que se sortearían mediante un cambio en la Constitución? No acabo de verlas.


Pero hay otra cosa que me hace pensar. Una mínima, minúscula fracción del total apela a una cuestión de “riesgo para la salud” de uno u otra, poco más del 5% del total. ¿Por qué se considera, entonces, un acto médico? La medicina combate la enfermedad y promueve la salud; esto, es otra cosa. No se requiere un compromiso de velar por la salud para llevar a cabo un aborto. Lo que se requiere, más bien, es una habilidad, una capacitación técnica. Que puede enseñarse y aprenderse fuera de las Facultades de Medicina. Que debería aprenderse fuera de esas Facultades, porque los que salen de ellas son continuadores de una tradición que, desde hace más de 2000 años, establece unos criterios mínimos de bioética que incluyen, entre otros aspectos, no dar “jamás a nadie medicamento mortal, aunque me lo pidan, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a ninguna mujer.“ Esa tradición ha permanecido inalterada hasta que, muy recientemente, algunas versiones, precisamente para “lavar” las muertes provocadas por la eutanasia y el aborto, han suprimido ese párrafo.


Lo que no cambia el hecho de que la Medicina, antes y ahora, actúa con el objetivo de cuidar, preservar y -cuando es posible- sanar la vida humana, toda vida humana. También la de los asesinos confesos, la de los torturadores, la de los criminales de cualquier orden. También la de ellos. Y, con más razón, la de lo inocentes, incluso la de los que no pueden reclamar esos cuidados. Y, como hace la inteligencia artificial, no se deja confundir por el número de brazos que tenga ese hombre, o por su estatura, o por su lugar de residencia.


De modo que mi pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué se encarga a los médicos la ejecución de un aborto? ¿No sería más razonable formar específicamente a profesionales para esa función, en vez de romper la imagen de los médicos que se ha conservado hasta hoy y que nos permite confiar en que estamos en buenas manos y que no van a actuar contra nuestros intereses amparándose en su conocimiento superior? ¿No es más claro llamar al pan, pan, y al vino, vino?


Y otra cosa: ¿por qué habría que hacer un registro de médicos objetores al aborto? Eso es dar por sentado que la mayoría de ellos estarían, de entrada, dispuestos a acabar con la vida que tienen en sus manos, lo que no parece ser cierto. ¿No sería más razonable dar por sentado que ningún médico se prestaría a eso, y, apuntar en una lista el nombre de los que sí están dispuestos,  para saber a quién acudir cuando me interese dar con uno? 


(publicado en la Hoja del lunes de Alicante el 13 de octubre de 2025)

sábado, 27 de septiembre de 2025

CONCIENCIAS TRANQUILAS


La tranquilidad de las conciencias es una de las cosas mejor repartidas del mundo. Todos nos consideramos tan bien provistos de ella que incluso las personas más difíciles de contentar en cualquier otro asunto no desean en general más de la que tienen. Lo mismo el que, tras dejarse el sueño y la paz para salvar una vida, contempla desolado la inutilidad de sus esfuerzos, que el político que se limitó a cumplir una directiva sin prestar atención a las consecuencias que se derivarían de su acción, o el que, apoyándose en la idea de que el fin justifica los medios, inicia una cadena de injusticias: todos, sin excepción, aseguran que tienen la conciencia tranquila.


Nadie mejor que ellos puede saberlo. Pero a mí, cuando oigo hablar de conciencias tranquilas, me vienen a la cabeza los pacientes que, en quirófano, sedados ya y ajenos ya a su entorno, parecen dormir sosegada y apaciblemente, mientras todos a su alrededor ponen en marcha una cadena de acciones coordinadas que no se detendrá hasta que se hayan cumplido todos los pasos previstos (y los azarosos sobrevenidos) que decidirán las posibilidades de su vida en adelante. Si juzgamos la escena por la expresión que se refleja en el rostro del enfermo llegaremos a la conclusión de que se encuentra en el mejor de los estados posibles, que no hay nada en él que deba ser mejorado: está tranquilo.


Se diría que tener la conciencia tranquila es un signo de que el universo se desenvuelve como debe. Por eso, a la conciencia que no se queda tranquila, a la conciencia in-tranquila, inquieta, la llamamos “mala conciencia”. Mala, porque me desasosiega, me arranca de la poltrona, me hace perder la paz y no me deja vivir. Por eso es mala la mala conciencia.


Pero, ¿y si tener la conciencia tranquila no fuera tan buena cosa? Quizá la conciencia tranquila no sea más que una conciencia narcotizada, como nuestro enfermo en el quirófano. Quizá no sea más que una conciencia instalada en un mundo de ensueño, una conciencia ajena a la realidad, un castillo en el aire.


Y, en cambio, la mala conciencia podría no ser tan mala. Porque me sacude, me despierta y me llama a la autocrítica. Porque me exige, y me recuerda que estoy llamado a ser más y a ser mejor. 


Recuerdo una entrevista en la que Rafa Nadal aseguraba que sólo los fallos le permitían mejorar, porque le enseñaban lo que hacía mal (“Lo que hago bien no me ayuda a mejorar: ya lo hago bien”, decía, o algo así). Con la conciencia pasa algo parecido: la conciencia tranquila me palmea la espalda y me conforma con mi situación actual. La mala conciencia, en cambio, me pone en tensión, como el arquero pone en tensión la cuerda de su arco, y me hace llegar más lejos y alcanzar lo inalcanzable.


Bienvenida sea esa mala conciencia que nos zarandea, que nos pone en marcha, que nos ayuda a combatir las sombras que habitan en nosotros, que nos saca de nuestro pequeño mundo-burbuja, que nos impulsa a mejorar. 


Llevamos mucho tiempo ya con la conciencia tranquila.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

VARÓN Y MUJER

 

En los animales la condición sexual está limitada a funciones y momentos concretos, pero en el hombre la condición sexuada está presente de modo permanente y totalizador. Hay dos formas de vida humana: la masculina y la femenina. Ser varón o ser mujer se vive en general como una condición valiosa, a pesar de que hay millones de ejemplares de cada uno. Eso se debe a que no es algo puramente biológico, sino biográfico: algo que no está “dado”, que debemos construirlo, que es un proyecto en marcha. Por eso es inseguro y admite grados: se puede ser más o menos hombre, más o menos mujer.

 Y por eso los papeles masculino y femenino varían a lo largo de la historia. Pero son los contenidos de la virilidad y de la feminidad los que varían; lo que no varía es su relación recíproca: se es varón con respecto a la mujer, y al revés. La condición sexuada se configura como proyección ante el otro sexo. 

 Pero esa proyección no es igualdad. Varones y mujeres no somos iguales: lo que existe entre los sexos es polaridad. Que no es oposición: entre las manos derecha e izquierda hay una relación de polaridad: no son iguales, pero no son contrarias: ambas son manos, formas diferentes de ser mano.

 Lo mismo pasa entre varones y mujeres. Por eso, las normas y estructuras válidas para cada uno de ellos no pueden derivarse del otro. Varón y mujer son iguales respecto a su dignidad y a su valor, pero son distintos respecto a su naturaleza. Y cuando esto se confunde todo se trastoca.

 Entre el hombre y la mujer no hay igualdad sino equilibrio, un equilibrio dinámico, hecho de desigualdad y de tensión. Que, como es equilibrio, mantiene a los dos al mismo nivel, y, como es dinámico, cualquier cambio que se produzca en uno de ellos se compensa con un cambio en el otro y con una cierta reinterpretación social de ambos.

 Esto se ve claramente cuando nos asomamos a series de retratos a lo largo de la historia: cuando los hombres se dejan barba las mujeres aparece con el rostro más limpio, mientras que cuando los hombres se afeitan las mujeres se ponen más polvos y colores en la cara; e incluso, cuando el hombre ha acudido al maquillaje y a las pelucas, como en el Rococó, en el siglo XVIII francés, la mujer ha acentuado el colorido de su cara, y se ha vestido con ropajes más llamativos. Incluso en aquellas cosas compartidas por ambos sexos se introduce enseguida una cierta estilización que restaura las diferencias: hasta hace unos años el pantalón era una prenda de uso exclusivamente masculino; la incorporación de pantalones al vestuario de la mujer no ha significado, sin embargo, la igualación en el vestir: ahora hay pantalones de hombre y pantalones de mujer. 

 La condición sexuada no se limita a la genitalidad. Las cualidades de la persona tienen matices propios, peculiares de uno u otro sexo: la forma de vivir la ternura, por ejemplo, o la firmeza, tienen rasgos propios en uno y en otra. O ciertas tendencias, cierta “facilidad” para vivir algunos de esos aspectos: el varón muestra mayor tendencia a la exactitud, a racionalización, a la técnica,…mientras que a la mujer  se le da mejor el conocimiento de las personas, la atención a lo concreto, la intuición, la delicadeza,… No se trata de un “reparto” de cualidades, sino de una disposición a la complementariedad, a la ayuda mutua.

La condición sexuada crea así el “campo magnético” de la convivencia: pone ante nosotros una forma de vida humana que nos será siempre ajena, que tiene sus propios cauces proyectivos, sus cualidades, sus valores, sus matices propios. Exige el uso de la imaginación para interpretar a esa persona que es radicalmente “otra” que yo, y eso crea una tensión emocional, una actitud de anticipación y expectativa, que culmina en la posibilidad de la ilusión.

 Esta tensión es el substrato del amor. Pero el amor no puede reducirse a la vida psíquica ni a una serie de actos. Tampoco es algo que se tiene, ni es cuestión de física ni de química: el amor es un estado en el que se está y desde el que se vive. Amar a una persona no es sólo proyectarse biográficamente hacia ella, sino con ella. Cuando me enamoro cambia el proyecto en que consisto para incluir a la mujer que amo. Pero como se trata del proyecto en que consisto, resulta que cuando estoy enamorado me convierto en otro, distinto del que era antes de amarla. Y esto responde a la pregunta de por qué necesito a la mujer de la que estoy enamorado: la necesito para ser verdaderamente quien soy. Por eso el amor auténtico se presenta como irrenunciable, y, en esa medida, es felicidad.

 Pero la felicidad no es ausencia de conflictos. Los viejos cuentos de hadas nos decían que el príncipe y la princesa fueron felices para siempre, no que vivieron sin conflictos para siempre. Creo que la mayoría de los matrimonios son felices, pero no existe el matrimonio sin conflictos, porque los esposos son personas distintas con puntos de vista distintos.  

Muchos matrimonios se rompen porque se olvida esta verdad.