viernes, 23 de enero de 2015

BERTA, ORANGUTÁN, PERSONA NO HUMANA


La justicia argentina ha reconocido derechos básicos a Berta, una orangután, sobre la base de que el alto grado de inteligencia de su especie permite reconocerlos como “personas no humanas”. De momento parece ser que la sentencia afecta sólo a ese ejemplar, pero ya se ve que queda abierto el camino para extenderlo sin dificultad a otros orangutanes, y a otras especies. Quiero aprovechar esta noticia para tratar el asunto con cierto detenimiento. Y, ya que se ha convertido en el motor ideológico de los “derechos de los animales”, quiero centrarme en ese Proyecto Gran Simio que sustenta estas iniciativas en todo el mundo –en todo el mundo que tiene tiempo para estas cosas, ya se entiende-. Acudiré para ello a su página web  www.proyectogransimio.org, donde se encuentran la “Nota aclaratoria” y la “Declaración de los grandes simios” a disposición de quien quiera consultarlas.

Empezaré por algo previo y adventicio: la Nota declara que “no pretende que se considere a chimpancés, gorilas, orangutanes y bonobos como humanos, que no son, sino como homínidos, que sí son”. Vamos a ver. En el curso de la evolución del orden de los Primates surgió hace 24 millones de años, en el suborden de los Antropoideos, el Procónsul, un animal que carecía de cola, poseía un tórax ancho, disfrutaba de una mayor movilidad de las extremidades y presentaba unos premolares de corona baja y molares relativamente anchos con cúspides bajas y redondeadas. Es el primer miembro de la superfamilia de los Hominoideos. De esta superfamilia surgió, hace 4,5 millones de años, la familia de los Homínidos, constituida, sucesivamente, por los géneros Orrorin, Australopithecus, Kenyanhtropus, Paranthropus y Homo. Sus rasgos diferenciales más importantes residen en su cerebro de gran complejidad y tamaño (el verdadero “órgano del lenguaje”), la bipedestación y el diseño, construcción y uso de herramientas por medio de tradiciones culturales. Fuera queda la rama que dio lugar a los Póngidos, nuestros grandes simios, que no son, por tanto, ni humanos ni homínidos, sino hominoideos. Son términos semejantes, pero no equivalentes, y no deberíamos considerarlos intercambiables si no queremos sacar a las palabras de su quicio.

Termina la Nota afirmando que “la cercanía genética entre el hombre y los demás simios es grande” Sin pararnos a considerar que el Proyecto Genoma Humano ha constatado la existencia de una variabilidad dentro de nuestra especie del 12 %, hablar de semejanza genética entre especies resulta equívoco, principalmente porque no se mide siempre en las mismas unidades: cromosomas, genes o pares de bases de los nucleótidos. Por lo que se refiere a cromosomas, por ejemplo, en la especie humana se produjo la fusión de dos cromosomas relativamente pequeños en uno bastante grande, llamado cromosoma 2, pero en los Póngidos permanecen separados los dos cromosomas originales. En cuanto a los genes, conviene recordar que de los 30 000 genes del ratón, sólo 300 se diferencian de los humanos, es decir, tenemos un 99 % de afinidad genética. Son los procesos de epigenética los que hacen que esos mismos genes den lugar en un caso a un ratón y en otro a un hombre. Y si pensamos en parentesco según los pares de bases, su valor se relativiza si consideramos que sólo el 1% de las bases se organiza en genes, es decir, se traduce en proteínas; el resto es lo que se denomina “ADN basura”, cuya función empiezan a conocer ahora los sabios, pero que, desde luego, parece mucha basura.

Por lo tanto, hablar de diferencia genética en términos que implican prácticamente una identidad entre las especies supone olvidar la importancia de los procesos del desarrollo. Al fin y al cabo, la anatomía y la conducta del hombre y las de los grandes simios son muy diferentes, y no hay más que comparar sus biomasas (la masa total que corresponde a cada especie) para comprender el enorme salto que supuso la aparición del género Homo. Si queremos tomar objetivamente los datos que nos brinda la Naturaleza tendremos que tener presente este aspecto: nos está diciendo que no somos tan iguales.

Pero sugerir una mayor o menor identidad entre las especies supone algo más. Supone haber perdido de vista en qué consiste ser persona. Por eso puede leerse en la Declaración mencionada al principio que “no podrá privarse de libertad” a los “miembros de la comunidad de los iguales” (que es como llama al orangután, el gorila, el chimpancé y el bonobo) “sin que medie un proceso legal” y sin que hayan sido “condenados por un delito”. Y eso porque “poseen unas facultades mentales y una vida emotiva suficientes como para justificar su inclusión en la comunidad de los iguales”.

¿Cuáles serán esas facultades? Sabemos que los seres humanos estamos desprovistos casi totalmente de instintos, lo que significa que debemos decidir nuestra conducta libremente, incluso contraviniendo las exigencias de los escasos y débiles instintos que nos quedan. Por poner un ejemplo, yo puedo utilizar un palo para alcanzar un plátano y el simio también puede; puedo introducir una rama en un hormiguero, para sacar las hormigas y comérmelas (si quiero), y el simio también puede; pero puedo encontrarme, tras una semana de ayuno, con un alimento saludable y apetitoso al alcance de la mano, y renunciar a él, y eso no puede hacerlo el simio, al que el instinto empuja invenciblemente a calmar el hambre. Y más: puedo prometer bajar mañana a bañarme al río, independizándome así del presente –y de mis apetencias de ese mañana-, y también puedo no cumplir esa promesa. ¿Serán éstas las facultades a las que se refiere la Declaración?

Precisamente porque no estoy obligado por los instintos y puedo elegir mi conducta, tiene sentido que se me pida cuentas de ella. Pero si un orangután entra en mi casa y me rompe una lámpara o hace sus necesidades en la alfombra, pongo por caso, no puedo demandarlo y reclamarle daños y perjuicios porque, ante los estímulos presentes, se han puesto en marcha sus instintos y no ha tenido alternativa. Me dicen ahora que podré iniciar un proceso legal contra él y que, llegado el caso, el orangután será declarado culpable y condenado. No entiendo cómo puede adoptarse esta iniciativa bajo el banderín de la defensa de los animales. Y como no consigo imaginar al orangután declarando ante el juez como imputado, yo, la verdad, espero que en ese momento designen a un responsable civil subsidiario del género Homo que corra con los gastos que me haya ocasionado, y ya se entenderá luego él con el orangután, si acaso.



miércoles, 21 de enero de 2015

“Y, SIN EMBARGO, NO SE MUEVE”



El nombre de Galileo Galilei es popular por el juicio en el que, según la leyenda, tras retractarse de su doctrina heliocéntrica declarando que la tierra no se mueve en órbitas elípticas alrededor del sol, añadió para sí: “Y, sin embargo, se mueve”. Pero, además, es célebre, y ha pasado a la historia, por haber transformado la visión que tiene la humanidad de la realidad en que está inmersa.
  
Desde los tiempos antiguos –con alguna excepción en los albores de nuestra civilización- había quedado firmemente establecido que la tierra constituía el centro del universo y que el sol giraba en círculos en torno a la ella, al tiempo que  una serie de astros errabundos, nómadas, (“planetas”), describían unas trayectorias extravagantes. Se componía así un escenario que resultaba difícil de manejar, y se sucedían los modelos que intentaban simplificarlo sin perder de vista que su evidencia estaba al alcance de cualquiera con sólo salir a la calle y mirar al cielo.
  
Porque no olvidemos que esa visión era fruto de la experiencia diaria, que nos enseña que el sol se levanta del horizonte por el este, se desplaza sobre el fondo del cielo en una trayectoria curva, y se oculta tras el horizonte por el oeste, para volver a aparecer por el este a la mañana siguiente. Se necesitaba una resistencia heroica ante la evidencia para no aceptar este modelo.
  
Galileo fue el loco que se negó a aceptar dicha evidencia y propuso un sol inmóvil, del mismo modo que se negó a aceptar que los cuerpos, en caída libre, alcanzan velocidades muy distintas en función de sus propias características –que es lo que podemos comprobar todos los días-, y se empeñó en afirmar, contra toda evidencia, que sus velocidades son idénticas, y lo que requiere una explicación es por qué la observación de la vida ordinaria no lo confirma. Hasta tal punto cierra los ojos a la experiencia que algún discípulo suyo llegará a afirmar que esas son las leyes de la Naturaleza “y si la experiencia no lo corrobora, peor para ella”: quedaba inaugurada la vía matemática para llegar al conocimiento de la realidad. Los cálculos quedaban simplificados con este modelo galileano, y eso permitió dar un impulso formidable a nuestro conocimiento de la naturaleza.
  
Acaba de salir a la luz, por lo visto, un libro escrito por Juan Carlos Gorostizaga y Milenko Bernadic, de profesión matemáticos, que lleva el provocador título de “Y, sin embargo, no se mueve” y es, como se puede adivinar, una exposición de ese geocentrismo que creíamos derrotado para siempre desde hace unos pocos cientos de años. Desconozco su contenido con detalle, pues no lo he leído, y no creo probable que llegue a hacerlo, pero han llegado hasta mí unas críticas furibundas que defienden a horca y cuchillo la inmovilidad del sol. 
  
Pasando por alto el hecho de que la ciencia actual defiende el movimiento de traslación del sol dentro de la galaxia, no deja de sorprender tanto revuelo cien años después de que Einstein cuajara la Teoría General de la Relatividad, que asegura, entre otras cosas, que, en el estudio del movimiento, tanto vale un sistema de referencia como otro. Lo que significa, para el caso que nos ocupa, que resulta indiferente decir que el punto inmóvil es la tierra –y el sol gira a su alrededor-, como que el inmóvil es el sol, o el centro de la galaxia, o cualquier otro punto del universo. Probablemente serán más complejas las fórmulas necesarias para el modelo de Gorostizaga y Bernadic  –no lo sé, los matemáticos son ellos- pero negar a esa hipótesis el derecho a existir no es más que el reflejo de una mentalidad que está anclada en la Mecánica de Newton y se niega a aceptar la Física del siglo XX.
  
La ciencia, todas las ciencias, no son más que constructos para entender y manejar la realidad. Nada, en principio, favorece una hipótesis más que otra, con tal de que explique la experiencia. El modelo de Galileo resultó, sin duda, más manejable y fructífero que el de Ptolomeo, que le había precedido. Pero no es más que un modelo, un planteamiento general para hacernos las explicaciones más fáciles, y es perfectamente admisible otro distinto en el que el universo pueda ser entendido bajo otro prisma. El esbozo es algo intrínsecamente limitado, que deja fuera no sabemos cuántas dimensiones que no caben -y ni siquiera tienen sentido- dentro de él. Sólo tenemos que volver la vista a las cosmogonías griega, india, china, azteca…, para comprender lo limitados que son los esbozos, también el nuestro, matemático.
  
Recuerdo la impresión que me produjo la primera vez que leí un texto del filósofo español Xavier Zubiri que trata de algo parecido a lo que quiero decir: hombre “de saberes excesivos” en palabras de su discípulo Julián Marías, Zubiri se preguntaba si sabremos algún día las cosas que ignoramos del universo precisamente por haberlo “esbozado” en términos matemáticos. 
  
Y también recuerdo la respuesta de una destacada figura de la Física de su tiempo:  -“Es la única pregunta que no se me había ocurrido, y que realmente me hace pensar”.


jueves, 1 de enero de 2015

GONZALO HERRANZ Y EL GATO CON BOTAS



El conocimiento científico ha llegado a ser, entre nosotros, paradigma del verdadero conocimiento, hasta el punto de afirmarse que el único conocimiento válido es el conocimiento científico. Es ésta, sin embargo, una afirmación que se contradice a sí misma, porque no procede de ninguna investigación de carácter científico: la afirmación "fuera de la ciencia no hay conocimiento" no puede defenderse desde dentro de la ciencia. La realidad, más bien, indica lo contrario: el avance de la ciencia no se produce, principalmente, por acumulación de nuevos datos, sino por rectificación de lo asegurado hasta ese momento, por revisión de lo que se creía anteriormente. 

La fuerza de convicción que tiene a nuestros ojos el conocimiento científico procede precisamente de ahí: de su capacidad para mirar atrás con ojos críticos, para poner las cosas en tela de juicio y ver qué pasa. Negar esto es volver al principio de autoridad como fuente de certeza, algo que repugna a la ciencia.

Tampoco es imparcial la ciencia. No puede serlo. Cuando la opinión general afirma que ciencia es observación y experimentación olvida el decisivo papel que juega la iniciativa del científico, que tiene que trazarse un objetivo, plantear una hipótesis que le lleve hasta él y diseñar los experimentos adecuados. Todo nace y está condicionado por este interés personal que es el motor de todo el mecanismo.

De modo que sin crítica de lo sabido, y sin voluntad cierta -libre de intereses ajenos a la ciencia- de descubrir la verdad, el conocimiento científico se nos escurre de las manos como el agua.

El profesor Gonzalo Herranz, Catedrático Emérito de Anatomía Patológica y de Embriología, es un ejemplo de afán por la verdad. Desde que su jubilación le dejó más tiempo libre, se ha esforzado en justificar las afirmaciones que todos –y él también- hemos dado cuando explicamos el desarrollo del embrión, cosas como que las células de un embrión de pocos días de vida son indiferenciadas e intercambiables, o que es posible la gemelación por separación de las células de un embrión único en etapas precoces de su desarrollo.

Ha dedicado mucho tiempo a rastrear aguas arriba, ascendiendo de un artículo al anterior  hasta dar con aquél del que procede lo que todos hemos repetido luego. Y ha publicado el resumen de sus hallazgos en un libro notable y herético, “El embrión ficticio”, un libro que se lee con pasmo, porque hace tambalearse los cimientos de nuestros conocimientos de embriología. Herranz expone ante el lector cómo surgen algunas de esas ideas que la Ciencia ha elevado a dogma.

Me quiero entretener en el argumento de la gemelación monocigótica, que  viene a decir que, a lo largo de sus dos primeras semanas, el embrión humano no es ni puede ser considerado un individuo,  porque puede escindirse y dar lugar a dos o más sacos embrionarios. Una afirmación cuyas consecuencias rebasan el ámbito de la ciencia, pues está en el origen de la doctrina que niega estatuto de humanidad al embrión temprano.

El argumento nace en un artículo de J.W. Corner de 1922 en el que describía los gemelos que había encontrado al estudiar los úteros de cerdas gestantes. Tras la presentación de sus hallazgos terminaba proponiendo una hipótesis: “Voy a permitirme la libertad de ceder a la imaginación al referirme a la morfogénesis de los gemelos monocigóticos humanos”. Y desarrolló una teoría ingeniosa y brillante –pero imaginaria- en la que unió sus propias ideas sobre la gestación biamniótica del cerdo con las de Paterson sobre la gestación monoamniótica del armadillo, y las trasplantó a la gestación monocorial humana.

Pero era una teoría altamente razonable y de una lógica lineal, y, apoyada en el enorme prestigio científico de Corner, fue aceptada no como lo que, en realidad, es –un modelo teórico, una hipótesis pendiente de verificación-, sino como un  registro preciso de hechos probados, a pesar de los esfuerzos del propio Corner por recordar la falta de soporte empírico de la teoría: todavía en 1954, cuando se había convertido ya en doctrina indiscutible, insistía en recordar que era algo puramente especulativo: “Se ha elaborado, sin embargo, mediante meras conjeturas”.  

Hoy, merced a las técnicas de fecundación artificial, se han estudiado decenas de miles de embriones humanos en fases precoces de su desarrollo, y no se ha encontrado soporte alguno para esta teoría. Sin embargo, se ha documentado al menos una vez, y de modo convincente, la presencia antes de la eclosión y dentro de una misma pelúcida –la “carcasa” de lo que fue el óvulo-, de dos embriones tempranos independientes, y nada impide pensar que se hayan separado en la primera división celular del embrión. Más aún: hoy sabemos que el embrión es una estructura altamente organizada, constituida por una población celular que presenta gradientes específicos de activación génica y de actividad de señalización, y esto hace altamente improbable la teoría de la gemelación monocigótica.

Cuando el bioético saca conclusiones de envergadura, como es afirmar o negar el estatuto humano del embrión, tiene la obligación de despojarse de sus prejuicios éticos y biológicos. Y esto quiere decir también abandonar el principio de autoridad, en virtud del cual se da por sentada la verdad de una afirmación científica sin más argumento que el prestigio de su promotor.

Revelar a estas alturas la inconsistencia de tal argumento puede parecer, en palabras del propio Herranz, “fustigar un caballo muerto”. Sin embargo, descubrir falacias del pasado nos proporciona una experiencia que puede ser útil para otros debates en el futuro. Especialmente, puede servir a los propios investigadores –y a nuestros legisladores y jueces, receptores acríticos de su mensaje-, cuya actitud ante los descubrimientos de la ciencia nos hace recordar a los personajes de Perrault: 

¡Cómo no va a existir el Marqués de Carabás cuando el propio Gato con Botas dice que está a su servicio!