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lunes, 1 de junio de 2026

CONTEMPLACIÓN DE UN ÁRBOL

 


Antonio, sevillano trasladado en su infancia a Madrid, conocedor de la necesidad y la miseria, errabundo desde su juventud, y, luego, emigrante a Francia, ahora, a sus 34 años, cuando ha encontrado en Soria el amor de una mujer que ilumina su existencia, descubre, con horror y dolor, que la muerte la tiene ya cercada y siente que su propia vida se asoma al abismo. Un día contempla un viejo olmo, partido por un rayo y medio podrido, un olmo que parece irremediablemente enfermo, sin posibilidades de recuperación, y al que, contra toda esperanza, le asoman a la vida unos pequeños brotes verdes. Antonio se quiere contemplar a sí mismo en ese olmo, quiere ver también reverdecida su esperanza, su ilusión. Quiere creer que las cosas nunca están tan mal que no puedan estar mejor. 


Dejemos aquí a Antonio, cuya vida no se descomplicará fácilmente, y vayamos con Nicolás. Francés de la Lorena, vive una infancia y juventud sin comodidades, exactamente igual que la de sus vecinos y paisanos. Un día de invierno, a los 18 años, también él, como Antonio, se queda contemplando un árbol. En esta ocasión no sabemos de qué árbol se trata, sólo sabemos que es un árbol desnudo, sin su follaje de verano, reducido a su esqueleto. Nicolás queda, como Antonio, contemplando y meditando lo que ve. No hay en ese árbol nada que lo distinga de un cadáver de árbol. Aparentemente. Porque Nicolás sabe ya que volverá a reverdecer cuando llegue el momento, y se manifestará nuevamente la vida que ahora está oculta. Le viene a la cabeza una historia que había oído de niño: El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.”. Dios, piensa Nicolás, se ocupará de que ese árbol de ahora llegue a dar de sí el árbol de mañana.


Luego, se aleja. Continúa su paseo, continúa su vida. Buscando prosperar, abandona su pueblo. Se alista en el ejército, participa en una larga guerra, le licencian, regresa a casa. Pero no es hombre que se deje arrastrar por la corriente, que se deje arrastrar por la vida. Se para a meditar. Y en una de esas meditaciones recuerda aquel árbol seco que contempló en aquel paseo. Nicolás medita la providencia de Dios. Dios se ocupa de sus criaturas, y se ocupa también de él. ¡Se está ocupando de él ahora


De pronto, todas las preocupaciones y los miedos que flanqueaban su vida desaparecen. Ya no significan nada, al lado de este “Cuidador” que acaba de descubrir. Continuamente está a su lado, sólo si se olvida de eso crecen los monstruos a su alrededor. Y se abandona en su brazos, confiado, como un niño en brazos de su padre. Ha descubierto el secreto para una vida serena, gozosa, en medio de los azares del mundo.


Entra en un monasterio como hermano laico. Toma el nombre de Lorenzo, y se queda allí, viviendo y reflejando la presencia de Dios en su vida. No deja apenas escritos, sólo unas pocas cartas, algunos consejos y el ejemplo de una vida atenta a lo importante. Hoy todo esto está recogido en un pequeño librito del que nos ha hablado León XIV: “La práctica de la presencia de Dios”, del que recojo algunas frases:

A fin de formar el hábito de conversar con Dios continuamente y de referir todo lo que hacemos a Él, al principio debemos dedicarnos a Él con cierto esfuerzo: pero después de un poco de esfuerzo deberíamos encontrar que su amor nos estimula interiormente a hacerlo sin ninguna dificultad. 

La confianza que ponemos en Dios lo honra grandemente, y hace descender grandes gracias. Es imposible no solo que Dios engañe, sino también que deje a sufrir a un alma perfectamente resignada a Él y resuelta a soportar cualquier cosa por Él.  

El método más excelente que había encontrado para ir a Dios era el de cumplir con las tareas más comunes sin el deseo de agradar a los hombres; sino (hasta donde somos capaces) de hacerlas puramente por amor a Dios. 

No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por amor a Dios, porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra sino el amor con que la hacemos. No deberíamos sorprendernos si, inicialmente, fallamos frecuentemente en nuestros esfuerzos.

Publicado en la Hoja del Lunes de Alicante el 1 de junio de 2026


domingo, 20 de diciembre de 2020

EL REINO DE LA LOCURA

La paja pincha. Parecerá una obviedad, pero cuando contemplamos a Jesús acostado en el pesebre sobre paja y nos parece un lecho mullido y confortable tenemos que recordar que la paja pincha. Si no fuera así encontraríamos enseguida la aguja en el pajar.

Y hay que recordar también las condiciones y el ambiente de una cuadra. Si hay que tener la experiencia de la paja sobre nuestra carne para conocer su pinchazo, lo mismo pasa con la atmósfera que se respira en una cuadra. No hace falta retroceder dos mil años para adivinar los olores -y los insectos- de aquel portal.

Desde luego, si cualquiera de nosotros fuese Dios habríamos escogido para venir otras circunstancias más apropiadas a nuestra dignidad. No habríamos aparecido en forma de un bebé inerme, no nos habríamos rodeado de precariedad, y, desde luego, no nos habríamos instalado entre animales, expuestos a una cornada o a una coz, a un resbalón en la boñiga.

¿Este bebé es el que iba a salvar al mundo? ¡Si, por lo menos, hubiera venido montado en un carro de guerra, con trompetas en el cielo y corrimiento de montañas! Un dios de los truenos, un Júpiter Tonante, un Wotan con sus valkirias o cualquiera de esas deidades que tanto nos gusta imaginarnos a los hombres. Pero así… ¿cómo vamos a creer en Él? ¿Qué Dios Todopoderoso habría venido como un bebé insignificante a un pueblo miserable escondido en un rincón olvidado del Imperio, pudiendo llegar a la cumbre de la jet-set, por lo menos con los ropajes impresionantes de los Sumos Sacerdotes?

Pero habrá que “darle otra vuelta” antes de concluir que todo esto es un absurdo. Porque es fácil adorar -y, sobre todo, temer- a Júpiter Tonante, con el que es necesario mantener siempre una prudente distancia y un respetuoso vasallaje. Pero si recorremos los relatos de las mitologías no encontramos ningún testimonio de amor a los Júpiter Tonantes; ¿quién puede amar a alguien así?  

Y, sobre todo, ¿por qué iba a querer Dios que le amásemos si nos podía tener sometidos, a su merced, sin forma de resistirnos ni escapatoria? Sólo un Dios que fuese Amor pondría el amor en primer plano. Y Dios sabe que no podemos amar nada que nos aplaste con su grandeza, nada que no podamos rodear con los brazos. Si nosotros podemos amar a Dios es porque Dios ha bajado el último peldaño y se ha acercado a nuestro corazón sin protecciones, desvalido, entregado. Hay quien dice que es difícil creer que Jesús sea Dios. Lo que de verdad sería difícil sería creer en Dios si no fuera Jesús, si su amor no fuera tan grande que se hiciese así de pequeño.

Dios abre su cielo y nos enseña que no es tan serio y aburrido como nos habíamos imaginado. Rompe nuestros esquemas y nuestras previsiones: su Palabra no sabe hablar, y de su boca, en lugar de órdenes inexorables o profundas enseñanzas teológicas, sale sólo una sonrisa, una lengua que se curva y una burbuja frágil y fugaz.

La revelación no es una fórmula misteriosa o un manual de instrucciones, sino la certeza de que Dios nos ama, que no nos ha abandonado a la deriva después del pecado, que le importa nuestro amor por encima de cualquier otra cosa.

Dios es amor, ¿cómo no entender que se haga bebé? El reino de la locura ha comenzado.

 

jueves, 2 de febrero de 2012

EMPUJANDO CONTRA LA VALLA




En algún lugar cuenta Saint-Exupéry que, siendo director del campo de aviación de Cabo Juby, tenía una granja en la que criaba gacelas, como era costumbre en el lugar. Las capturaban apenas nacían, y las encerraban en recintos al aire libre. No conocían la libertad, toda su vida la pasaban cautivas del hombre, que podía acercarse a ellas sin peligro, acariciarlas y darles de comer en la mano. Uno creería que estaban definitivamente domesticadas, pero un buen día se las encontraban presionando con sus cuernecitos contra la valla, empujando en dirección al desierto. Si entonces se acercaban a ellas para acariciarlas o darles de comer, regresaban a su rutina, pero apenas se las dejaba solas de nuevo, volvían a empujar, silenciosa y tenazmente, contra la valla. La conclusión que sacaba Saint-Exupéry era sencilla de puro evidente: las gacelas tenían nostalgia. No conocían la vida libre, pero en su interior bullía el anhelo por las largas carreras, por las distancias sin parapetos, por los saltos imprevistos, por los peligros de leones y chacales: el anhelo por la verdad de las gacelas.

Me venía esta historia a la cabeza al leer que el filósofo británico Alain de Botton propone construir un “templo del ateísmo” dedicado, según sus palabras, a “cualquier cosa positiva y buena, como el amor y la amistad”. Es su manera de ofrecer un antídoto al “viejo, agresivo y destructivo ateísmo” de Richard Dawkins y Christopher Hitchens, una forma de celebrar la bondad y la belleza. La idea no es nueva. Como ha señalado Luis Alfonso Gámez, hay ya asociaciones humanistas que tienen sedes en las que celebran matrimonios y funerales según el “rito ateo”.

No es casual que sean precisamente el amor y la amistad, los matrimonios y los funerales, las ceremonias que se celebran en estos templos del ateísmo, porque son los momentos en que sentimos con mayor evidencia nuestra menesterosidad. En el amor esa menesterosidad se manifiesta en nuestra orientación hacia el otro, en la necesidad que nos lleva a buscar nuestra plenitud en el otro, nuestra felicidad en la felicidad del otro. La condición amorosa es una rendija por la que se introduce en nuestra vida la trascendencia, que nos proyecta más allá de nosotros mismos.

La otra rendija la encontramos en el duelo: la desaparición de la persona amada nos enfrenta a nuestra propia insuficiencia, porque tenemos necesidad de ella para ser verdaderamente quienes somos; el duelo es la negativa a aceptar su desaparición definitiva, su aniquilación, porque esa aniquilación es inconciliable con mi felicidad y con mi propia vida: la trascendencia aparece aquí como la imposibilidad de existir en soledad.

Los planteamientos del ateísmo “viejo, agresivo y destructivo” no conducen más que al regusto amargo de la propia insuficiencia. Este otro ateísmo que nos presenta Alain de Botton, que se toma a sí mismo en serio y se plantea cuestiones últimas de la vida humana, forzosamente tenía que desembocar en una apertura a la trascendencia. En los otros momentos de nuestra vida es fácil vivir “entretenido” y ajeno a ella. Pero en el amor y en el duelo la palpamos de tal manera que no nos vale ya con el viejo entretenimiento y necesitamos algo más –más grande y más profundo-, necesitamos abrirnos a un “más allá de nosotros” que nos pone en la pista de la verdad del hombre, que nos aparta de nuestra rutina y nos acerca a la valla para empujar hasta derribarla.









martes, 28 de junio de 2011

ESPIRITUAL, PERO NO RELIGIOSO



A propósito de la celebración del Corpus Christi en Toledo el pasado jueves, día 23, ha vuelto a cobrar actualidad la cuestión de la religión y su vinculación con normas de comportamiento, que se han tachado de excluyentes: “la exclusión no es de estos tiempos”. Es lo mismo que piensa Lady Gaga, que ha sido educada en la fe católica, y que a la pregunta de un periodista sobre si creía “en el Dios católico o en algo más espiritual” optaba por "algo más espiritual", por “no excluir a nadie”.
Son éstos, efectivamente, tiempos poco proclives a la exclusión de nadie, tiempos en los que triunfa la tolerancia indiferenciada. Así que se rechaza la idea de religión, que resulta antipática y dura, y se sustituye por algo más dulce, más tierno: la espiritualidad. “Espiritual, pero no religioso” es el lema de nuestra época.
Lo más que esa espiritualidad está dispuesta a aceptar es la existencia de un dios tenue y encantador que no nos compromete a nada, un “dios espiritual” de tolerancia universal, que nos acepta indiferentemente y que no pone objeciones a nadie, lo que resulta muy atractivo para muchos. Pero se nos olvida que sólo se puede tolerar el mal: al bien no se le tolera, al bien se le busca y se le abraza. Por eso, un dios de tolerancia universal no objeta nada tampoco a los ladrones, ni a los adúlteros, ni a los corruptos, ni a los torturadores, lo que no resulta atractivo para nadie.
De modo que “no excluir” no es ventajoso en absoluto, y antes de pronunciarnos sobre la expresión “espiritual, pero no religioso” debemos preguntarnos qué es ser “espiritual” y qué es ser “religioso”.
Hace algunos años, en un estudio universitario sobre la práctica religiosa, se definió lo espiritual como “el desarrollo de la autocomprensión, la preocupación por los demás, la transformación en alguien más cosmopolita y la aceptación de otros que pertenecen a confesiones distintas”: es decir; se llamó “espiritual” a aquellas actitudes de las que eran partidarios. Y, claro está, una gran mayoría resultó partidaria de “lo espiritual”.
Pero la verdad es que para expresar todas esas cosas ya tenemos otras palabras más adecuadas: justicia, humildad, comprensión, generosidad, filantropía, apertura al otro, disponibilidad, entrega, bondad, amor,… Si no queremos sacar a las palabras de su quicio, “espiritual” debe hacer referencia a un espíritu: un espíritu que nos ama y nos enseña, que nos propone un ideal que debemos alcanzar y que nos ayuda a alcanzarlo. Desde el momento en que reconozco la realidad de ese espíritu que orienta mi existencia, me siento ligado a él y estoy atento a lo que espera de mí, desde ese momento tengo una religión y prefiero unas normas de comportamiento.
Una espiritualidad desligada de toda religión, como la del estudio universitario al que me he referido antes, no es espiritualidad, sino otra cosa: lo que David Mills ha llamado “materialismo con esmoquin”. Pero, al fin y al cabo, tiene cierta consistencia. La alternativa que nos ofrece Lady Gaga no es más que la huida hacia un mundo irreal de angelitos y nubecillas vaporosas en el que podemos dar rienda suelta a nuestros deseos de que viva el amor y vivan las flores, con la tranquilidad de que no nos comprometemos a nada, de que no va a cambiar nuestra vida en absoluto, porque es una espiritualidad que resulta equivalente a no tener espiritualidad alguna.