martes, 18 de marzo de 2014

UN CAMINO QUE DA DE SÍ


    
Nos adentramos en un bosque. A medida que se adapta la visión distinguimos árboles muy variados: formas y colores, tamaños y sombras diferentes. Luz y oscuridad, sonidos y silencio. El bosque siempre queda más allá: literalmente, los árboles no nos dejan ver el bosque. Elegimos una senda, y el bosque se concreta y va cambiando a medida que avanzamos, nuevos árboles sustituyen a los que van quedando atrás. Pero el bosque siempre queda más allá, va retrocediendo ante nuestros pasos y permanece siempre distante y misterioso.


A medida que avanzamos por la espesura se nos ofrecen nuevas sendas, nuevos caminos que podríamos tomar, nuevas posibilidades que prometen árboles nuevos, nuevas perspectivas. Pero no podemos tomar más que uno cada vez. El bosque promete paisajes y vistas que nunca estarán ante nosotros: elegir es renunciar. Los árboles abandonan la penumbra para hacerse patentes, y desaparecen luego a nuestra espalda. Las posibilidades que tenemos delante son el resultado de las decisiones que tomamos antes, cada vez que una nueva senda se abría ante nosotros. Hemos ido haciendo real –realizando- uno de las caminos que se nos ofrecían, y, así, nos encontramos ante nuevas opciones que antes no teníamos.

Es una de las posibilidades que había de pasear por ese bosque, pero posibilidades quedan muchas: cada paseante realiza la suya, y ninguno las agota todas. Descubrimos tantos bosques como paseantes. Las posibilidades son siempre diferentes y nuevas, enriquecen nuestro conocimiento del bosque. Y la voluntad, que opta en cada encrucijada por una u otra vereda entre los árboles: concreción y pérdida a la vez. 

 El paseo por el bosque nos sirve como imagen de la vida humana: un conjunto de posibilidades, enormemente amplio pero inconcreto al comienzo de la vida, todas ellas irreales aún. Vivir es ir realizando algunas de ellas y obliterando otras; viejas posibilidades que no lo son ya, y otras nuevas que surgen ahora ante nosotros. Ninguna vida realiza todas las posibilidades que se le ofrecen. Pero el número de ellas que se concreta es muy distinto de una vida a otra, y de eso depende su riqueza, su intensidad, su menor o mayor plenitud: la vida es lo que hacemos y lo que nos pasa.

 Pero la imagen del bosque es, al mismo tiempo, inadecuada, porque deja la impresión de que las posibilidades estaban ya “ahí”, latentes, esperando sólo un paso en la dirección adecuada. La vida humana es más que eso: es autodeterminación, “autocreación”, realización de lo que antes no existía ni siquiera como posibilidad. La vida humana transforma la realidad y “da de sí” posibilidades radicalmente nuevas, nacidas de los actos libres del hombre que rompen la cadena de causalidades y suponen una innovación radical, el comienzo de una nueva cadena de causas.

Y están los otros, los que encuentro en mi vida y pasan a ser un ingrediente fundamental de ella, que forman, literalmente, parte del proyecto en que mi vida consiste, y cuya ausencia supondría un cambio sustancial –de la sustancia- de mi vida. “Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa”, resumía Julián Marías recordando a su esposa tras largos años de viudedad.

Ésa es la riqueza de la vida humana: la amplitud de posibilidades que puede realizar. Ninguna vida está ya decidida, y la riqueza que encierran en forma de latencia es incalculable, incomparable con ninguna otra forma de realidad: solo la vida humana se determina  a sí misma, creando su propia riqueza a medida que se despliega. No debemos permitirnos degradarla, “cosificarla” y despreciarla como algo ya conocido, ya realizado: nuestra respuesta ante cada vida humana sólo puede ser un sí agradecido y esperanzado. Eso es lo que celebramos el Día Internacional de la Vida.