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martes, 5 de mayo de 2015

UN ECOLOGISMO ANTROPOCÉNTRICO



Todavía me pasmo cuando releo una sentencia de Gerald Weiss que recoge Marvin Harris en su “Antropología Cultural”: “Ningún biólogo afirmaría que la evolución en el reino orgánico hace necesaria o deseable la desaparición de las formas más antiguas: por tanto, ningún antropólogo debe contentarse con ser un observador pasivo ante la extinción del mundo tribal”. No sólo es que no ve diferencia alguna entre la vida humana y otras formas de vida, sino que parece que tanto tiempo de convivencia con tribus primitivas no ha despertado en él una verdadera solidaridad con ellas.

El Protocolo de Kioto de 1997, que pretendía comprometer a los países más desarrollados a reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, expiró en 2012 convertido en papel mojado por la resistencia de las grandes potencias a alcanzar las metas propuestas, y por la negativa de los países emergentes a subirse al carro ecologista a costa de su propio desarrollo. Como se podía suponer fácilmente pero nunca sospechó Gerald Weiss, cualquier conflicto entre el cambio climático y el proceso de desarrollo que está permitiendo a millones de seres humanos alcanzar un nivel de vida moderno seguirá resolviéndose decididamente a favor de lo segundo.

Viene esto a propósito del “Manifiesto Ecomodernista”, hecho público el pasado día 14 de abril, en el que diferentes científicos y ecologistas de Australia, el Canadá, los Estados Unidos y la India hacen una propuesta para salir del atolladero en que nos dejó Kioto. Al contrario de lo que asegura el pensamiento ecólatra, los autores del Manifiesto afirman que el hombre moderno no es un enemigo del medio ambiente, y recuerdan las ineficaces técnicas de explotación de los pueblos primitivos, presentes aún en ciertas regiones del mundo, y cuyo bajo rendimiento obliga a una sobreexplotación destructiva: el 75% de la deforestación se produjo antes de la Revolución Industrial. Por otra parte, el informe “Los límites del crecimiento”, que publicó el Club de Roma en 1970 y que amenazaba a la humanidad con la hambruna por el agotamiento de los recursos del planeta no acaba de parecer inevitable: en el año 2011 llegamos al acuerdo de que la población mundial había alcanzado los 7000 millones: si nos fuésemos todos a vivir a Egipto, Egipto alcanzaría la densidad de población que tiene ahora Singapur, una población moderna y floreciente. Y el resto del planeta quedaría libre para obtener los recursos necesarios.

Se propone como solución el llamado “desarrollo sostenible”, que nos permitiría satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la posibilidad de que las generaciones futuras satisfagan las suyas. Pero ese desarrollo adopta formas poco eficaces para grandes poblaciones: las ecoaldeas o la agricultura ecológica tienen, por definición, poco recorrido, y no permiten proveer a las necesidades de la humanidad entera.

La respuesta, dice el Manifiesto, no puede ser confundirnos con la naturaleza, sino desvincularnos de ella: disminuir nuestra dependencia y nuestra repercusión. Utilizar y transformar la naturaleza en nuestro beneficio –convertir la “naturaleza” en “mundo”- es algo que acompaña al género humano desde que el Australopithecus se convirtió en Homo habilis. La cuestión es intensificar esa explotación para multiplicar su rendimiento y reducir su impacto. Y en eso los pueblos primitivos llevan las de perder: para obtener el mismo sustento necesitan explotar mucha más superficie que nosotros con los actuales procedimientos de cultivo y ganadería intensivos. A título de ejemplo: en los últimos 20 años, mientras la población aumentaba en un 25% (de 5600 a 7000 millones de habitantes), la explotación maderera disminuyó en medio millón de kilómetros cuadrados (equivalente a la superficie de España).

La nueva ecología ha de reconciliarse con la forma de vida urbana, que es ya la mayoritaria: la ciudad tiene un indudable impacto en la naturaleza, pero si tenemos en cuenta que acoge al 60% de la humanidad en el 3% de la superficie terrestre la comparación con la vida rural es claramente favorable: es mucho más eficiente para proveer a las necesidades humanas minimizando su repercusión en el entorno.

El desarrollo de las naciones pobres reclama un acceso generalizado a las fuentes de energía modernas: para tecnificar las explotaciones, para reciclar los residuos, para potabilizar el agua,… en fin, para responder a las necesidades que implica esa vida moderna. Las centrales eólicas o fotovoltaicas del futuro podrían, acaso, sustituir a las centrales térmicas para proveer las necesidades domésticas, pero para la gran industria, para poner en marcha unos altos hornos, pongo por caso, no basta la energía que proporcionan unas placas solares o unos molinos de viento: suministrar esos caudales de energía inmediatos sólo puede conseguirse con energía nuclear. Urge, claro está, limpiar esta energía de sus inconvenientes, y en este punto la fusión nuclear se contempla como una salida –quizás la única- a esta aporía del binomio medio ambiente / progreso humano. Pero pretender que los diferentes pueblos no hagan todo lo posible para impulsar su desarrollo es vanidad y perseguir viento.

Pero adoptar la postura de Gerald Weiss sólo puede conducirnos a Altamira.