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martes, 4 de agosto de 2026

EL REGRESO DE ULISES


La Odisea llega al cine. Los medios (la prensa, las redes,...) lo proclaman incesantemente y permiten adivinar su éxito de taquilla. La presencia de los clásicos es más necesaria que nunca. Se diría que hay en el ser humano una sed de los valores que encarnan, y necesitamos actualizarlos cíclicamente para no dejarnos descomponer por los personajes insuficientes que nos salen hoy al paso con tanta frecuencia, personajes artificiales, descolocados, incapaces de sugestionar y despertar nuestra simpatía y nuestra solidaridad. Los clásicos, al contrario, nos hablan de héroes con rasgos humanos que se esfuerzan por torcer el rumbo del destino, por alcanzar el honor y la gloria a costa de los esfuerzos que fueran necesarios, que se enfrentan a la tentación, y sucumben a ella, o resisten y superan la prueba que parecía insuperable. Personajes sólidos, compactos, de una pieza, con alma grande. Con grandes virtudes. Y también con grandes defectos, defectos humanos como los nuestros, pero animados por un alma capaz de grandes hazañas.

Alguien ha dicho que "después de Homero, todo es plagio", y no le falta razón. Los clásicos nos enseñan los rasgos que acompañan al hombre, que confieren a su vida un valor auténticamente humano. Nos muestran la capacidad de la voluntad para configurar la propia vida, el valor de la hospitalidad, el peligro del exceso que rebasa los límites. Y el heroísmo, y el miedo, y la vulnerabilidad, y la astucia, y la excelencia, y la envidia, y la lealtad, y el rencor, y el deber, y la virtud, y la traición. Y el bien y el mal. Y el valor de la memoria. Y el valor de la verdad.

Los personajes de nuestros clásicos personifican los defectos y las virtudes de toda la humanidad, y han sido replicados incesantemente a lo largo de la historia de la literatura. Son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros mayores. Han dado lugar a lo que sentimos, a lo que pensamos y a lo que somos. Los clásicos nos enriquecen y nos dilatan la mente y el corazón.

Me parece máximamente oportuno este periódico retorno a nuestros clásicos, a los fundamentos de nuestra cultura. Han quedado ya muy atrás aquellos años en los que las publicaciones juveniles mostraban las biografías de personajes capaces de transformarse a sí mismos y de transformar la realidad. Personajes de la historia, del arte, de la ciencia, del pensamiento, de la fe,…, pero reales, auténticos, de carne y hueso, que mostraban las posibilidades de la realidad y las capacidades que esconde la vida humana. Sólo los ideales sustentados en la realidad nos permiten sacar de nosotros lo mejor.

Publicado en el diario Información en día 4 de agosto de 2026


viernes, 4 de septiembre de 2020

EL VALOR DE LOS CLÁSICOS

A Raúl Villalba Redondo, con quien comparto tantos puntos de vista.

Dedico ratos sueltos de mis vacaciones a expurgar la biblioteca. Todas las bibliotecas van creciendo con el paso del tiempo: junto a los libros que vamos a leer, y que aguardan ya su turno, contienen los libros que ya hemos leído, y de los que nos resistimos a desprendernos con la secreta esperanza de volverlos a leer y revivir  el placer que nos proporcionaron. Las bibliotecas no crecen por un afán de acumular, sino por la necesidad de conservar lo que enriquece nuestra vida. 

Pero con los años nos hacemos más exigentes y se hace inevitable la selección. Retenemos entonces los que suponen para nosotros una compañía imprescindible, y damos a los otros la probabilidad de elegir nuevos lectores con los que perpetuar su misión. 

Yo he dedicado los primeros días de mis vacaciones a la dolorosa tarea de mirar atrás y cortar amarras. Y he comprobado algo que ya sabía: que son los más antiguos, los que nos acompañan casi desde que abandonamos la infancia, los que siguen siendo compañeros inseparables. En ellos aprendimos las primeras emociones, la primera experiencia intelectual. Aún recuerdo mi primera lectura de Platón, el deslumbramiento de asistir al desarrollo paulatino de un pensamiento luminoso. O la conmoción ante la grandeza y la miseria humanas de la mano de Shakespeare. O la belleza de valores intangibles en los versos de Calderón. Y la admiración por figuras cumbre de la historia de la humanidad, biografías en las que aprendíamos la posibilidad real de valores humanos como “esfuerzo”, “magnanimidad”, “heroísmo”. 

Todo esto es un equipaje valiosísimo para comenzar a andar por la vida, esa vida de la que decía Ortega que consiste en “lo que hacemos y lo que nos pasa”. “Lo que nos pasa”, que depende muchas veces de lo que hacemos, y “lo que hacemos”, que depende siempre de los recursos de que disponemos, recursos que se multiplican cuando tenemos a nuestro alcance la experiencia acumulada de las grandes figuras que nos precedieron. Ésta es la importancia que tienen los clásicos, la razón de su lugar privilegiado en la formación de la persona. 

Me temo que los que comienzan ahora su formación no acceden a todo eso. Ha caído sobre los clásicos una espesa manta de ignorancia y de prejuicio, un “telón de acero” que priva de sus frutos a los que deberían sacar de ellos el máximo provecho.  

Urge recuperarlos. Especialmente, urge recuperar a los filósofos. Lo propio de la Filosofía es enseña a pensar. Es una actividad cuyo ejercicio no se puede dar por descontado. Julián Marías recordaba sus clases con Ortega en la Universidad, y cómo, ante una pregunta planteada, les animaba a pensar, a "darle otra vuelta". Y otra. Y otra. “A la tercera –confesaba Marías- era decididamente difícil”. 

Cuando se renuncia a pensar las funciones de la razón las asume la imaginación. Y entonces se llega a la conclusión de que lo que no se puede imaginar no existe, y de que lo que puede ser imaginado puede existir. Naturalmente, con ese planteamiento el fracaso está garantizado: aunque no se puede “pensar”, concebir, un ser que sea hombre y caballo a la vez -porque ser a la vez racional e irracional es una contradicción- podemos, sin embargo, imaginarlo perfectamente. Y al contrario, aunque no podemos imaginar –con alguna precisión- un ser espiritual, es perfectamente concebible. 

Y la consecuencia, al final, es que nos encontramos con una moral de sentimientos, sin principios; con una visión de lo particular, sin llegar a generalizaciones. Viviendo de metáforas, en lugar de en la realidad; con opiniones, en lugar de con verdades; con prejuicios, en lugar de con conocimiento. Nos encontramos, en fin, con toda esa multitud de monedas falsas que circulan hoy en el mercado intelectual. 

Opinones en lugar de verdades. Ya habíamos pasado por eso, volvemos al principio. Esto es lo malo de renunciar a la Filosofía: que nos convertimos en nuestros antepasados. Necesitamos regresar a Parménides y a Sócrates. Porque ahí delante está Altamira.