sábado, 29 de agosto de 2026

ETTY HILLESUM

 


Etty (Esther) Hillesum fue una judía holandesa nacida en 1914 y asesinada en Auschwitz en 1943. Su existencia se dio a conocer en 1981, con la publicación de unos extractos del diario que comenzó a escribir en 1941 para poner algo de orden en su “caos interior” y orientar y unificar poco a poco su vida. En él asistimos a su itinerario espiritual que, en menos de tres años, la llevó a una maduración y a un don de sí sorprendentes.

Hija de un profesor de lenguas clásicas y de una judía rusa emigrada, tiene dos hermanos, Jaap y Misha, de dos y ocho años, respectivamente, menos que ella. 

Etty estudió Derecho y Lenguas eslavas en Amsterdam, donde su temperamento apasionado y su sed de absoluto la llevan a lanzarse en muchas relaciones que la dejarán «desgraciada y desgarrada». En febrero de 1941, conoce a Julius Spier, un judío berlinés que ayuda a las personas en dificultades a encontrar equilibrio y paz. Sin vincularse a ninguna confesión particular, Spier había descubierto la Biblia y había entrado en relación con Dios y en una cierta vida de oración. Con él, Etty descubrirá también, además de la Biblia, a autores como san Agustín o Tomás de Kempis; también frecuentará a Tolstoi, Dostoievski y Rilke. Etty, la “chica que no sabía arrodillarse”, se encontrará de rodillas cada vez con más frecuencia, e irá entrando en un diálogo libre y espontáneo, pero muy íntimo, con Dios. Y comienza a “trabajar duro sobre ella misma”, iniciando la redacción del diario que conocemos y que será un medio privilegiado para expresar e intensificar el diálogo que comienza a sostener con Dios.

Etty siente cómo nace y crece en ella un amor incondicional a la vida, y, mientras la vida exterior de los judíos de Holanda se va haciendo cada vez más difícil ella encontrará en sí misma un espacio de paz, de libertad, un amor inmenso por la vida, por Dios, por toda criatura:

No se nos puede hacer nada, nada verdaderamente. Se nos puede volver la vida bastante dura, despojarnos de algunos bienes materiales, quitarnos una cierta libertad de movimiento exterior, pero somos nosotros quienes nos despojamos de nuestras mejores fuerzas con una actitud psicológica desastrosa. Sintiéndonos perseguidos, humillados, oprimidos. Teniendo odio. Fingiendo para esconder nuestro miedo. Se tiene el derecho de estar triste y abatido, de vez en cuando, por lo que se nos hace sufrir: eso es humano y comprensible. Y sin embargo, el verdadero expolio, es el que nos infligimos a nosotros mismos. Encuentro bella la vida y me siento libre. En mí, se despliegan los cielos tan vastos como el firmamento. Creo en Dios y creo en el hombre, me atrevo a decirlo sin falsa vergüenza... Soy una mujer feliz y canto las alabanzas de esta vida, sí, habéis leído bien, en el año de gracia de 1942, el enésimo año de la guerra”.

No es una huída de la realidad: es acoger la realidad tal como es, aceptar todo lo que la vida ofrece, tanto el sufrimiento como la felicidad. Etty comprende que el verdadero problema de la vida no es el sufrimiento sino el miedo que el sufrimiento inspira. Ella se esfuerza en aceptar como bueno todo lo que la vida, real y concreta, le trae.

De tus manos, Dios mío, lo acepto todo, tal como venga. Es siempre bueno, lo sé. He aprendido que, soportando todas las pruebas, se las puede convertir en bien... Siempre, desde que me dispongo a afrontarlas, las pruebas se cambian en algo hermoso”.

Etty ha aceptado un empleo en el «Consejo judío» creyendo que podrá ayudar a sus compañeros de infortunio. Es un trabajo doloroso, en un ambiente de angustia y pánico, pero Etty es capaz de preservar su paz, su amor a la vida, su relación con Dios. Y su amor se hace más universal, más capaz de extenderse a todo ser humano sin excepción, bueno o malo, digno o indigno. Siente también que debe desprenderse de todo poco a poco, que nada deberá impedir que siga libremente el destino que será el suyo, decir quizá adiós a los vínculos familiares para compartir la suerte de su pueblo. Etty acepta la perspectiva de la muerte:

La eventualidad de la muerte está integrada en mi vida; mirar a la muerte a la cara y aceptarla como parte integrante de la vida, eso es alargar la vida. A la inversa, sacrificar desde ahora a la muerte un trozo de esta vida, por miedo a la muerte y rechazo de aceptarla, es el mejor modo de no conservar más que una pizca de vida mutilada, que no merece apenas el nombre de vida”.

En agosto de 1942 Etty pidió ser destacada al Campo de Westerbork, un Campo de tránsito en el que creía que sería más útil. Tenía libertad para entrar y salir, y en uno de los primeros viajes que realizó a Amsterdam asistió a la muerte de Julius Spier. Sobrelleva su inmenso dolor con una calma desconcertante, y da gracias por el don que fue Julius en su vida:

Eres tú quien ha liberado en mí las fuerzas que tengo. Tú me has enseñado a pronunciar sin vergüenza el nombre de Dios. Tú has servido de mediador entre Dios y yo, pero ahora tú, el mediador, te has retirado, y mi camino lleva directamente a Dios; está bien así, lo siento. Serviré yo misma de mediadora para todos los que pueda encontrar”.

Frente al terror y la crueldad nazi contra los judíos Etty estará tentada de reaccionar como muchos de sus contemporáneos: con desesperación y con odio. Pero su confianza en Dios la inmuniza contra la desesperación, y en cuanto al odio, Etty ha comprendido que es un veneno para el corazón. La víctima inocente de una injusticia, si alimenta el odio a su verdugo, entra a su vez en la espiral del mal y se convierte en su cómplice. 

Sé que los que odian tienen para ello buenas razones. Pero ¿por qué tendríamos que elegir siempre la vía más fácil, la más obvia? En el Campo he sentido con todo mi ser que el menor átomo de odio, añadido a este mundo, lo hace más inhóspito aún. Y pienso, con una ingenuidad pueril quizá pero tenaz, que si esta tierra se vuelve algún día un poco más habitable, lo será por el amor del que el judío Pablo habló antiguamente a los habitantes de Corinto en el capítulo trece de su primera carta».

Lejos de provocar amargura y odio, su confrontación con el mal la llevó a crecer en el amor y a reconocer que las raíces del mal están en cada uno de nosotros, y que es ahí donde hay que combatirlo. Se esfuerza incluso en reconocer detrás del verdugo a un ser humano, con su propia vida interior, su propia desgracia, y aplicar el precepto evangélico del amor a los enemigos, así como las palabras de san Pablo a los romanos: «Venced el mal con abundancia de bien»:

A cada nueva exigencia, a cada nueva crueldad, debemos oponer un pequeño suplemento de amor y de bondad que conquistar para nosotros mismos”.

En Westerbork, Etty se siente requerida para una misión: ser amor lúcido y reflexivo que extiende su compasión a todos los que ella trata. Ser, en medio de tanto dolor y sufrimiento, una remanso de paz y de consuelo. Por las ayudas materiales que proporciona, por los correos de los que es intermediaria, por las palabras de aliento, por su sola presencia cuando las palabras son impotentes. Se gasta sin tasa con las madres, con los niños solos, con las personas de edad, con todos aquellos a los que ella puede procurar un poco de consuelo. Su actitud en el Campo es la señal indudable de la autenticidad de su experiencia espiritual. También se hace más profunda su vida de oración.

Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me sitúo en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra, los ojos levantados hacia tu cielo, tengo a veces el rostro inundado de lágrimas -única válvula de escape de mi emoción interior y de mi gratitud…-  y esto es mi oración”.

Etty sabe cuánto importa “guardarse de hacer pesar en el día presente, que tanto pesa, las angustias que inspira el porvenir». Escribe en septiembre de 1942:

«Una vez más, anoto para mi propio uso Mateo 6, 34: "No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad". Hay que eliminar cada día, como a las pulgas, las mil pequeñas preocupaciones que nos inspiran los días que vendrán y que roen nuestras mejores fuerzas creadoras. Se toman mentalmente toda una serie de medidas para los días siguientes y nada, pero nada en absoluto, sucede como estaba previsto. A cada día le basta su contrariedad. Hay que hacer lo que se tiene que hacer, y por lo demás, guardarse de dejarse contaminar por las mil pequeñas angustias que son otras tantas mociones de desconfianza respecto a Dios. Todo acabará por arreglarse... Nuestra única obligación moral es desbrozar en nosotros mismos amplios claros de paz y extenderlos cada vez más, hasta que esta paz irradie hacia los demás. Y cuanta más paz haya en los seres, más habrá también en este mundo en ebullición».

La expresión, “ayudar a Dios”, aparece varias veces en sus escritos. Etty no duda del socorro de Dios, que tienen muy experimentado. Pero, en este tiempo particular en que parece que Dios se ha retirado, no es tiempo de pedirle cuentas, sino de “salvar”, en ella y en los demás, una morada para Dios, un espacio de paz, de benevolencia, de humanidad. 

Voy a ayudarte, Dios mío, para que no te apagues en mí, pero no puedo garantizarte nada por anticipado. Una cosa, sin embargo, me parece cada vez más clara: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte, y haciéndolo, nos ayudamos a nosotros mismos. Esto es todo lo que nos es posible salvar en esta época, y es también la única cosa que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío. Quizá podremos también sacarte a la luz en los corazones martirizados de los demás” 

La política nazi continúa endureciéndose. Algunos amigos aconsejan a Etty escapar, esconderse. Pero ella quiere asumir la misma suerte que su pueblo. Además, en enero de 1943 se ha puesto en marcha la “solución final” (el exterminio de todos los judíos del Reich) y sus padres y su hermano Mischa están también internados en Westerbork desde la gran redada de junio de 1943. 

En julio de 1943, los miembros del Consejo judío deben escoger: la mitad de ellos debe abandonar Westerbork y el resto, quedarse allí en calidad de “internados”. Etty no quiere abandonar a los suyos y opta por quedarse (antes de su partida confió los diarios que había escrito a su amiga Maria Tuinzing, con el encargo de que los hiciese publicar si ella no sobrevivía). A su hermano Mischa, por su talento como pianista, se le ofrece escapar de la deportación, pero no quiso abandonar a su familia, y el comandante del Campo, encolerizado, decidió la deportación de toda la familia, Etty incluida. 

El 7 de septiembre Etty, Mischa y sus padres suben al convoy que los llevará a Auschwitz. Los padres murieron probablemente durante el transporte (o fueron gaseados al llegar). A Etty la matarán el 30 de noviembre de 1943, y a Mischa, en marzo de 1944. Solo Jaap se encontraba aún en Amsterdam. Será deportado en 1945 a Bergen Belsen y morirá de tifus en abril.

No se sabe nada de las semanas pasadas en Auschwitz. Pero no hay duda de que Etty ha tenido la gracia de ser fiel a la línea de fondo de su vida:

Estoy dispuesta a aceptarlo todo, en cualquier lugar de la tierra donde le plazca a Dios enviarme; estoy dispuesta también a atestiguar, a través de todas las situaciones, y hasta la muerte, la belleza y el sentido de esta vida».

Hay que elegir: pensar en sí mismo sin preocuparse de los demás, o tomar distancia respecto a los deseos personales y entregarse. Y para mí, este don de sí no es una resignación, un abandono a la muerte. Se trata de mantener la esperanza, allí donde puedo y donde Dios me ha puesto”.






martes, 4 de agosto de 2026

EL REGRESO DE ULISES


La Odisea llega al cine. Los medios (la prensa, las redes,...) lo proclaman incesantemente y permiten adivinar su éxito de taquilla. La presencia de los clásicos es más necesaria que nunca. Se diría que hay en el ser humano una sed de los valores que encarnan, y necesitamos actualizarlos cíclicamente para no dejarnos descomponer por los personajes insuficientes que nos salen hoy al paso con tanta frecuencia, personajes artificiales, descolocados, incapaces de sugestionar y despertar nuestra simpatía y nuestra solidaridad. Los clásicos, al contrario, nos hablan de héroes con rasgos humanos que se esfuerzan por torcer el rumbo del destino, por alcanzar el honor y la gloria a costa de los esfuerzos que fueran necesarios, que se enfrentan a la tentación, y sucumben a ella, o resisten y superan la prueba que parecía insuperable. Personajes sólidos, compactos, de una pieza, con alma grande. Con grandes virtudes. Y también con grandes defectos, defectos humanos como los nuestros, pero animados por un alma capaz de grandes hazañas.

Alguien ha dicho que "después de Homero, todo es plagio", y no le falta razón. Los clásicos nos enseñan los rasgos que acompañan al hombre, que confieren a su vida un valor auténticamente humano. Nos muestran la capacidad de la voluntad para configurar la propia vida, el valor de la hospitalidad, el peligro del exceso que rebasa los límites. Y el heroísmo, y el miedo, y la vulnerabilidad, y la astucia, y la excelencia, y la envidia, y la lealtad, y el rencor, y el deber, y la virtud, y la traición. Y el bien y el mal. Y el valor de la memoria. Y el valor de la verdad.

Los personajes de nuestros clásicos personifican los defectos y las virtudes de toda la humanidad, y han sido replicados incesantemente a lo largo de la historia de la literatura. Son nuestros compañeros, nuestros hermanos, nuestros mayores. Han dado lugar a lo que sentimos, a lo que pensamos y a lo que somos. Los clásicos nos enriquecen y nos dilatan la mente y el corazón.

Me parece máximamente oportuno este periódico retorno a nuestros clásicos, a los fundamentos de nuestra cultura. Han quedado ya muy atrás aquellos años en los que las publicaciones juveniles mostraban las biografías de personajes capaces de transformarse a sí mismos y de transformar la realidad. Personajes de la historia, del arte, de la ciencia, del pensamiento, de la fe,…, pero reales, auténticos, de carne y hueso, que mostraban las posibilidades de la realidad y las capacidades que esconde la vida humana. Sólo los ideales sustentados en la realidad nos permiten sacar de nosotros lo mejor.

Publicado en el diario Información en día 4 de agosto de 2026


lunes, 1 de junio de 2026

CONTEMPLACIÓN DE UN ÁRBOL

 


Antonio, sevillano trasladado en su infancia a Madrid, conocedor de la necesidad y la miseria, errabundo desde su juventud, y, luego, emigrante a Francia, ahora, a sus 34 años, cuando ha encontrado en Soria el amor de una mujer que ilumina su existencia, descubre, con horror y dolor, que la muerte la tiene ya cercada y siente que su propia vida se asoma al abismo. Un día contempla un viejo olmo, partido por un rayo y medio podrido, un olmo que parece irremediablemente enfermo, sin posibilidades de recuperación, y al que, contra toda esperanza, le asoman a la vida unos pequeños brotes verdes. Antonio se quiere contemplar a sí mismo en ese olmo, quiere ver también reverdecida su esperanza, su ilusión. Quiere creer que las cosas nunca están tan mal que no puedan estar mejor. 


Dejemos aquí a Antonio, cuya vida no se descomplicará fácilmente, y vayamos con Nicolás. Francés de la Lorena, vive una infancia y juventud sin comodidades, exactamente igual que la de sus vecinos y paisanos. Un día de invierno, a los 18 años, también él, como Antonio, se queda contemplando un árbol. En esta ocasión no sabemos de qué árbol se trata, sólo sabemos que es un árbol desnudo, sin su follaje de verano, reducido a su esqueleto. Nicolás queda, como Antonio, contemplando y meditando lo que ve. No hay en ese árbol nada que lo distinga de un cadáver de árbol. Aparentemente. Porque Nicolás sabe ya que volverá a reverdecer cuando llegue el momento, y se manifestará nuevamente la vida que ahora está oculta. Le viene a la cabeza una historia que había oído de niño: El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.”. Dios, piensa Nicolás, se ocupará de que ese árbol de ahora llegue a dar de sí el árbol de mañana.


Luego, se aleja. Continúa su paseo, continúa su vida. Buscando prosperar, abandona su pueblo. Se alista en el ejército, participa en una larga guerra, le licencian, regresa a casa. Pero no es hombre que se deje arrastrar por la corriente, que se deje arrastrar por la vida. Se para a meditar. Y en una de esas meditaciones recuerda aquel árbol seco que contempló en aquel paseo. Nicolás medita la providencia de Dios. Dios se ocupa de sus criaturas, y se ocupa también de él. ¡Se está ocupando de él ahora


De pronto, todas las preocupaciones y los miedos que flanqueaban su vida desaparecen. Ya no significan nada, al lado de este “Cuidador” que acaba de descubrir. Continuamente está a su lado, sólo si se olvida de eso crecen los monstruos a su alrededor. Y se abandona en su brazos, confiado, como un niño en brazos de su padre. Ha descubierto el secreto para una vida serena, gozosa, en medio de los azares del mundo.


Entra en un monasterio como hermano laico. Toma el nombre de Lorenzo, y se queda allí, viviendo y reflejando la presencia de Dios en su vida. No deja apenas escritos, sólo unas pocas cartas, algunos consejos y el ejemplo de una vida atenta a lo importante. Hoy todo esto está recogido en un pequeño librito del que nos ha hablado León XIV: “La práctica de la presencia de Dios”, del que recojo algunas frases:

A fin de formar el hábito de conversar con Dios continuamente y de referir todo lo que hacemos a Él, al principio debemos dedicarnos a Él con cierto esfuerzo: pero después de un poco de esfuerzo deberíamos encontrar que su amor nos estimula interiormente a hacerlo sin ninguna dificultad. 

La confianza que ponemos en Dios lo honra grandemente, y hace descender grandes gracias. Es imposible no solo que Dios engañe, sino también que deje a sufrir a un alma perfectamente resignada a Él y resuelta a soportar cualquier cosa por Él.  

El método más excelente que había encontrado para ir a Dios era el de cumplir con las tareas más comunes sin el deseo de agradar a los hombres; sino (hasta donde somos capaces) de hacerlas puramente por amor a Dios. 

No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por amor a Dios, porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra sino el amor con que la hacemos. No deberíamos sorprendernos si, inicialmente, fallamos frecuentemente en nuestros esfuerzos.

Publicado en la Hoja del Lunes de Alicante el 1 de junio de 2026