Antonio, sevillano trasladado en su infancia a Madrid, conocedor de la necesidad y la miseria, errabundo desde su juventud, y, luego, emigrante a Francia, ahora, a sus 34 años, cuando ha encontrado en Soria el amor de una mujer que ilumina su existencia, descubre, con horror y dolor, que la muerte la tiene ya cercada y siente que su propia vida se asoma al abismo. Un día contempla un viejo olmo, partido por un rayo y medio podrido, un olmo que parece irremediablemente enfermo, sin posibilidades de recuperación, y al que, contra toda esperanza, le asoman a la vida unos pequeños brotes verdes. Antonio se quiere contemplar a sí mismo en ese olmo, quiere ver también reverdecida su esperanza, su ilusión. Quiere creer que las cosas nunca están tan mal que no puedan estar mejor.
Dejemos aquí a Antonio, cuya vida no se descomplicará fácilmente, y vayamos con Nicolás. Francés de la Lorena, vive una infancia y juventud sin comodidades, exactamente igual que la de sus vecinos y paisanos. Un día de invierno, a los 18 años, también él, como Antonio, se queda contemplando un árbol. En esta ocasión no sabemos de qué árbol se trata, sólo sabemos que es un árbol desnudo, sin su follaje de verano, reducido a su esqueleto. Nicolás queda, como Antonio, contemplando y meditando lo que ve. No hay en ese árbol nada que lo distinga de un cadáver de árbol. Aparentemente. Porque Nicolás sabe ya que volverá a reverdecer cuando llegue el momento, y se manifestará nuevamente la vida que ahora está oculta. Le viene a la cabeza una historia que había oído de niño: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.”. Dios, piensa Nicolás, se ocupará de que ese árbol de ahora pueda dar de sí el árbol de mañana.
Luego, se aleja. Continúa su paseo, continúa su vida. Buscando prosperar, abandona su pueblo. Se alista en el ejército, participa en una larga guerra, le licencian, regresa a casa. Pero no es hombre que se deje arrastrar por la corriente, que se deje arrastrar por la vida. Se para a meditar. Y en una de esas meditaciones recuerda aquel árbol seco que contempló en aquel paseo. Nicolás medita la providencia de Dios. Dios se ocupa de sus criaturas, y se ocupa también de él. ¡Se está ocupando de él ahora!
De pronto, todas las preocupaciones y los miedos que flanqueaban su vida desaparecen. Ya no significan nada, al lado de este “Cuidador” que acaba de descubrir. Continuamente está a su lado, sólo si se olvida de eso crecen los monstruos a su alrededor. Y se abandona en su brazos, confiado, como un niño en brazos de su padre. Ha descubierto el secreto para una vida serena, gozosa, en medio de los azares del mundo.
Entra en un monasterio como hermano laico. Toma el nombre de Lorenzo, y se queda allí, viviendo y reflejando la presencia de Dios en su vida. No deja apenas escritos, sólo unas pocas cartas, algunos consejos y el ejemplo de una vida atenta a lo importante. Hoy todo esto está recogido en un pequeño librito del que nos ha hablado León XIV: “La práctica de la presencia de Dios”, del que recojo algunas frases:
A fin de formar el hábito de conversar con Dios continuamente y de referir todo lo que hacemos a Él, al principio debemos dedicarnos a Él con cierto esfuerzo: pero que después de un poco de esfuerzo deberíamos encontrar que su amor nos estimula interiormente a hacerlo sin ninguna dificultad.
La confianza que ponemos en Dios lo honra grandemente, y hace descender grandes gracias. Es imposible no solo que Dios engañe, sino también que deje a sufrir a un alma perfectamente resignada a Él y resuelta a soportar cualquier cosa por Él.
El método más excelente que había encontrado para ir a Dios era el de cumplir con las tareas más comunes sin el deseo de agradar a los hombres; sino (hasta donde somos capaces) de hacerlas puramente por amor a Dios.
No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por amor a Dios, porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra sino el amor con que la hacemos. No deberíamos sorprendernos si, inicialmente, fallamos frecuentemente en nuestros esfuerzos.
