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jueves, 21 de octubre de 2021

EL MÉTODO CIENTÍFICO: EXCLUSIÓN Y RECTIFICACIÓN

La concesión del Premio Nobel de Física al italiano Giorgio Parisi ha sido saludada con inmensa alegría por los miembros de la UAAR (Unión de Ateos y Agnósticos Racionalistas), que lo consideran el mazazo definitivo que resuelve su lucha particular contra la fe. No olvidan que Parisi fue uno de los firmantes que se oponían a la presencia de Benedicto XVI en la Universidad de La Sapienza (una universidad –todo hay que decirlo- fundada por Bonifacio VIII, Papa de la Iglesia Católica: se nos olvida que las Universidades nacieron del seno de la Iglesia).

 Pero para muchos católicos ha abierto viejas heridas; "¿Por qué Nicola Cabibbo, en 2008, no, y Giorgio Parisi en 2021, sí?", se preguntan. Nicola Cabibbo fue un físico italiano, maestro de Parisi y de muchos grandes físicos italianos, que en 1963 abrió el mayor filón de la Física moderna con su explicación del mecanismo de mezcla de quarks, desarrollada después por los japoneses Makoto Kobayashi y Toshihide Maskawa, y que hoy recibe en su honor el nombre de matriz CKM (Cabibbo-Kobayachi-Maskawa). A juicio de la Real Academia Sueca de Ciencias, ese descubrimiento era merecedor del Premio Nobel de Física, y se lo concedió en 2008 a Kobayashi y Maskawa, pero el padre de la criatura, Nicola Cabibbo, fue inexplicablemente excluido del galardón, algo que muchos físicos en todo el mundo, y, desde luego, todos los italianos, vivieron como una profunda injusticia. En ese momento Cabibbo era presidente de la Academia Pontificia para la Ciencia, y se extendió la sospecha de que había sido penalizado por su fe católica. Era algo que ya había ocurrido con Jérôme Lejeune, excluido del Nobel de Medicina por su defensa de la vida del no nacido, y con el propio san Juan Pablo II, descartado del Nobel de la Paz en 2003 con el pretexto de que encabezaba un Estado que, a juicio de los miembros del Comité noruego que otorga el Premio, “discrimina a la mujer”. Ahora ha sido el propio Parisi el que ha reverdecido el debate, declarando, al saberse galardonado: “El Premio Nobel debería haber sido también para Nicola Cabibbo, lamento que la elección de la Fundación Nobel no fuera en esta dirección”. 

En realidad, es una disputa que no tiene mucho recorrido: no hay contradicción alguna entre ciencia y fe. El propio Parisi ha afirmado: “No soy religioso, pero nunca he pensado en luchar contra la religión, sobre todo usando mi autoridad como científico para expresarme sobre esos temas. Me parece una locura. La ciencia tiene respuestas para el mundo, pero no explica el porqué del mundo".

Parisi sabe que la ciencia no nos da un conocimiento total de la realidad. Su método no es simple observación: procede por exclusiones sucesivas. En primer lugar, delimita una parte del mundo natural, que queda así aislado del resto y definido en cuanto objeto de estudio. Después separa las cualidades primarias de las secundarias; luego, lo cuantitativo de lo cualitativo. Y deja aparte, para empezar -y definitivamente, no para recuperarlo más tarde-, todo lo estético, lo emocional, lo ético, lo axiológico…. Lo cual significa que deja fuera, necesariamente y de entrada, una buena parte de la realidad que estudia. En definitiva, que la ciencia se presenta ante nosotros y nos dice: "Voy a estudiar este aspecto concreto de la realidad, y voy a estudiarlo desde este punto de vista".

Ése es el precio de la certeza científica: la renuncia a problematizar todas las cuestiones. Es un mito esa creencia popular en una certeza científica absoluta, y la ciencia no quiere saber nada de mitos. Sabe que sus conclusiones sólo son válidas bajo determinadas condiciones y no aspira a un saber absoluto y definitivo. En realidad, basta el simple paso del tiempo para que se desmoronen no pocas seguridades: la ciencia avanza por rectificaciones sucesivas.

Termino con una frase del propio Cabibbo: “El objetivo de la ciencia es proporcionar una imagen del mundo sin sombras, pero al dispersar las sombras surgen otras nuevas, de modo que el científico se encuentra permanentemente en la zona fronteriza entre la luz y la sombra.". O, en palabras de Pascal: "Dios ha dado al mundo suficiente luz para los que quieren creer, pero también ha dejado bastantes sombras para los que no quieren creer".

 

martes, 13 de abril de 2021

"TODO ES SEGÚN EL COLOR DEL CRISTAL CON QUE SE MIRA", O HISTORIAS DE HOMÍNIDOS (Y DE MULIÉRIDAS)

 

Raymond Dart descubrió el Australopitecus -de hace tres millones de años, la última especie de nuestro árbol genealógico antes de la aparición del género Homo- en una cueva de Sudáfrica, en 1924. Había encontrado el famoso hombre-mono, con lo que venía a confirmar la sospecha de Darwin de que el origen del hombre estaba en ese continente. Al comprobar más tarde que junto a los restos de australopitecos aparecían huesos afilados de diversos animales y cráneos de otros australopitecos con fracturas hundidas, Dart concluyó que el australopiteco había fabricado armas y con ellas se había envuelto en luchas fratricidas. Nació así la hipótesis  “Mono asesino”, según la cual fue esa agresividad lo que le puso en la pista de despegue de la especie humana. Recordemos la fecha: 1924.

 Cuarenta años más tarde, en 1962, Louis y Mary Leakey asociaron por primera vez la elaboración de verdaderas herramientas al Homo habilis -hace un millón de años- que acababan de descubrir en Olduvai (Tanzania). El australopiteco de Dart no había tenido ocasión alguna de elaborar las armas que se le atribuían, ni de llevar a cabo aquella matanza.

 Pasaron veinte años más hasta que, en 1981, Bob Brain reinterpretó los hallazgos de Dart y llegó a una conclusión que a esas alturas resultaba ya obvia para todos: los australopitecos no eran asesinos, sólo eran el plato fuerte del festín celebrado en aquel escenario. En realidad, los rasgos físicos del australopiteco, con largos brazos para huir balanceándose por los árboles, y carente de un pulgar oponible como los nuestros, resultaban poco adecuados para representar el papel que le había atribuido Dart. Lo que había ocurrido era, simplemente, que en 1924 el mundo estaba recuperándose de la matanza de la Primera Guerra Mudial. El hombre había desatado la mayor carnicería de que se tenía noticia, y ese dato actuaba desde los sótanos de la mente de Dart, y teñía su mirada y su concepción del mundo, haciendo que interpretase lo que veía en una dirección concreta.

 En 1978 Glynn Isaac observó que los huesos y piedras talladas se distribuían en Olduvai formando círculos, lo que le llevó a pensar que se encontraba ante los “hogares” de aquellos grupos humanos. Surgió así la hipótesis “Base de operaciones”: los Homo habilis no eran humanos sólo porque elaboraban herramientas -como habían establecido los Leakey-, sino también porque trabajaban juntos. O, mejor dicho, porque llevaban a cabo una distribución especializada del trabajo: los hombres se ocupaban de cazar y las mujeres, de la crianza y la alimentación.

 Hasta que en 1984, usando la evidencia de los modelos economicistas, Richard Potts aseguró que tales sitios no significaban necesariamente hogares, pues no habría sido rentable viajar de vuelta al lugar de partida exponiéndose por el camino al peligro de depredadores. Lo que había ocurrido era, de nuevo, fruto de un prejuicio: también a Isaac, como a Dart (y como al propio Potts, todo hay que decirlo), le resultaba más cómodo que los pueblos prehistóricos se asemejasen a las sociedades en las que ellos mismos vivían.

Acaba de publicarse un trabajo que estrena un nuevo método para determinar el sexo de los restos fósiles. En el esmalte de nuestros dientes se encuentran algunas proteínas codificadas por el cromosoma X y otras codificadas por el cromosoma Y. Como la mujer tiene dos cromosomas X y ninguno Y, y el varón tiene uno de cada, la presencia de unas u otras de estas proteínas en los dientes fósiles permite identificar el sexo con más seguridad que con los métodos tradicionales utilizados hasta ahora.

Se han estudiado con este método los enterramientos de cazadores sudamericanos, de entre los años 6000 y 12000 a. JC, y se ha encontrado que alrededor del 40% de ellos son enterramientos de mujeres. Algo que cuestiona la propuesta de la hipótesis “Base de operaciones” que acabamos de recordar. 

Siempre es difícil olvidar los estereotipos: una encuesta realizada recientemente entre estudiantes de Prehistoria reveló que cuando se imaginan a los neandertales, sólo el 20% de ellos imagina a una mujer, y nadie imagina a niños, pese a que todos saben que unas y otros están forzosamente presentes en toda sociedad.

 Toda esta historia pone de manifiesto algo de lo que parece que no somos conscientes: que la ciencia no es imparcial, que nunca se produce en el vacío. Los autores de las hipótesis de trabajo son siempre personas reales, que viven en una sociedad y en un ambiente concretos, y cuyo sistema de creencias comparten; personas que reflejan en su trabajo las prevenciones y los miedos, los prejuicios y los intereses, del mundo en el que viven: “todo se ve del color del cristal con que se mira”. Max Planck, fundador de la Física Cuántica, sabía cuánto cuesta dejar atrás los prejuicios cuando aseguraba que el progreso de la ciencia se produce "funeral a funeral" ("Moriré con la tristeza de no poder aceptar la Física que se ha hecho a partir de mi descubrimiento"). 

 Y otra cosa nos recuerda esta historia, algo que con demasiada frecuencia sólo lo científicos recuerdan: que la ciencia no dice nunca la última palabra, sólo ofrece interpretaciones de la realidad a la altura de su tiempo.


viernes, 7 de junio de 2019

EN SEGUNDO LUGAR, ACTUAR.


Una de las más delicadas obligaciones del hombre de ciencia es adquirir la paciencia necesaria –y la fortaleza- para no precipitarse a hacer lo que la sociedad espera de él. Lo vimos muy claramente los que tuvimos ocasión de asistir a la explosión de los enigmas sanitarios que hoy conocemos como “el síndrome tóxico” y el SIDA. “¿Qué hacen los médicos?”, se preguntaba la gente, alarmada por la gravísima urgencia de lo que estábamos viviendo. La respuesta era evidente para todo el que quisiera verlo: los médicos estaban haciendo lo que en ese momento había que hacer: estudiar. Lo primero es conocer, actuar viene después. Actuar responsablemente, quiero decir, claro está.

 Hace poco más de seis meses el mundo asistió, atónito o impávido, a la noticia de que He Jiankui, chino formado en los EE. UU, había modificado un gen en dos embriones, a consecuencia de lo cual dos niñas, Nana y Lula, nacieron con su ADN modificado. El motivo era que el padre era portador del virus del SIDA y la madre, no, y Jiankui pretendía, con esta intervención, modificar el receptor -llamado CCR5- que utiliza el virus para entrar en el linfocito, y evitar así que las niñas sufrieran la enfermedad.

 La noticia era peliaguda por varios motivos. En primer, porque existen otras posibilidades de proteger a los hijos de recibir el virus del padre –algo muy improbable-. Pero, además, porque, al haber modificado CCR5 en la fase de embrión, el gen ha quedado modificado no sólo en los linfocitos, sino también en el resto de sus células, incluidas las que darán lugar a los óvulos: la intervención va a provocar efectos en las generaciones sucesivas.

 Se dirá que en ese caso, mejor todavía: los beneficios se extenderán a lo largo del tiempo. Pero hay un inconveniente: no somos capaces de prever esos efectos. El que se llamó “Dogma Central de la Biología” -“Un gen, una enzima, una función”- hace ya tiempo que lo han derrumbado los sabios, y cada vez vemos más evidencias de lo complejo que resulta el campo de la genética: los genes se imbrican entre sí, se montan y se desmontan en módulos -adquiriendo diferentes funciones-, se reprimen y se activan mutuamente, se modifican por factores epigenéticos, etc., y el resultado, al final, es imprevisible para nuestros actuales conocimientos.

 Y ése es el caso de lo que nos ocupa ahora. CCR5 es una proteína de la superficie del linfocito que utiliza el virus del SIDA como puerto de desembarque para iniciar el ataque a la célula, pero no está ahí para eso, su función natural es otra. Y no es del todo conocida. Se sabía, sí, que protege del virus del Nilo y de la gripe, confiriendo cierta resistencia a la infección. Pero ahora se ha conocido otra función a más largo plazo. Rasmus Nielsen, de la Universidad de California en Berkeley, trabajando con el mayor banco de datos genéticos del Reino Unido, ha descubierto que la existencia de mutaciones en CCR5 –y lo que ha hecho He Jiankui no es más que una mutación artificial- reduce la esperanza de vida en una media de dos años.

 La China es el país que lleva a cabo el mayor número de trabajos de edición genética con CRISPR-Cas9, pero la gran mayoría de ellos se lleva a cabo en células adultas. Aventurarse a la modificación genética de futuras generaciones es un salto ético que ni siquiera los chinos se atreven a dar -al menos con publicidad-, y He Jiankui se encuentra desde primeros de año en paradero desconocido, mientras la Sociedad China de Biología Celular califica su trabajo como “una grave violación de las leyes del Gobierno chino y de las regulaciones y consensos de la comunidad científica china”

 Asistimos a una prueba incontestable de que aventurarse a jugar en ese mar tenebroso de los genes sin un conocimiento de qué es lo que tenemos entre manos es una grave irresponsabilidad, y sus consecuencias pueden estar muy lejos de lo que pretendemos. Convendría tener presente aquella actitud de los médicos de principios de los 80 a la que me refería al principio: el antídoto contra la ignorancia es el estudio, sentarse a observar y conocer a qué nos enfrentamos.

La prensa ha calificado a Jiankui como científico, pero a la vista está que lo que es Jiankui es biotécnico. Un técnico que sabe manejarse en las cosas de la edición genética. La ciencia es otra cosa: es amor al conocimiento, amor a la verdad, al estudio. Si lo comparamos con la precipitación irreflexiva siempre llevará ventaja el estudio: amplía nuestro conocimiento, abre posibilidades, nos proporciona nuevas herramientas de trabajo. Y, en el caso que nos ocupa, el de la edición genética, ha permitido que se esté desarrollando ahora mismo una nueva herramienta, llamada CRISPR-Cas13, que tiene sobre CRISPR-Cas9 la ventaja de que no modifica directamente el ADN, sino el ARN, una molécula parecida que es paso obligado para que el ADN ejerza su función. Pero el ARN no se hereda, por lo que la nueva técnica permitirá introducir modificaciones con la seguridad de que no se va a transmitir su efecto a nadie más. Y, como, además, tiene una vida limitada, los efectos de la técnica son forzosamente reversibles, algo muy valioso cuando hablamos de tantear en la oscuridad. El momento de editar genes sin los riesgos éticos que ha afrontado He Jiankui empieza a parecer al alcance de la mano.

 La experiencia de He Jiankui debe dejarnos una enseñanza: cuando la prensa se pregunta impaciente qué hace la ciencia para resolver los problemas que aquejan a la sociedad, la primera respuesta tienen que ser: lo que se espera de su vocación: estudiar.