jueves, 11 de septiembre de 2014

LA DIADA. CATALUÑA Y EL REY: 300 AÑOS



Se celebra hoy la Diada, fiesta catalana por excelencia, cargada este año de un significado especial. Conmemora su derrota en la Guerra de Sucesión Española, guerra que es presentada a menudo como la contienda entre dos aspirantes a la Corona de la Monarquía Hispánica. No lo fue: se trató de una guerra que enfrentó al Rey de España con un Aspirante que pretendía ocupar ese Trono. Ésta es la historia.

España, corazón de una Monarquía que se extiende por las cinco partes del mundo, es a finales del siglo XVII un conjunto heterogéneo de entidades políticas diferentes -los Reinos de Castilla, Aragón, Valencia, Baleares y Navarra, y el Condado de Cataluña- mutuamente separadas por fronteras recíprocas, y cada una de ellas con Cortes, moneda, sistema jurídico y fiscal y sistema de pesos y medidas propios. Castilla soporta sola el peso de la política de los Austria, y el empeño del Conde-Duque de Olivares por aglutinar esfuerzos y recursos con su programa “Unión de Armas” no había conseguido más que la rebelión de Portugal -que conserva su independencia hasta hoy- y de Cataluña, que sólo regresó a la Monarquía tras doce años de guerra. 

Cuando acaba el siglo, el rey, Carlos II, se acerca a la muerte. Sin descendientes, tiene ante sí una disyuntiva: la continuidad dinástica de los Austria en la persona de su sobrino Carlos, hijo del emperador Leopoldo I de Austria, o la implantación de la dinastía de Borbón con Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Dubitativo hasta el último momento, Carlos II, que pretende evitar la fragmentación de la Monarquía, designa sucesor a Felipe. 

En Castilla, que ha asistido a la degeneración del sistema y a la debilidad del Rey frente a la arbitrariedad de los nobles, y que ha soportado el peso de la política de los Austria, el cambio se ve como una oportunidad. En cambio, en la Corona de Aragón, que no sufría el peso de la Monarquía, y que temía la implantación de un Estado centralizado, a lo que se añadía la animadversión hacia los franceses establecidos en su Reino, que se enriquecían ante sus ojos ejerciendo los oficios que ellos despreciaban, la peor perspectiva es el cambio dinástico. Y por eso, cuando en 1700 muere el Rey y llega a España Felipe, que cuenta entonces 17 años, es pacíficamente recibido y aceptado como Rey de Castilla, mientras que la Corona de Aragón exige unas garantías que manifiestan el recelo que sienten por el nuevo Rey. 

Pero cuando ya es el rey Felipe V de España, su abuelo, Luis XIV, declara que no por ello queda excluido de la sucesión al Trono francés. La respuesta inmediata del Reino Unido, Holanda, Prusia, Saboya y Austria es formar una alianza antiborbónica para arrancar a Felipe del Trono español y colocar en su lugar al Archiduque Carlos. 

Los primeros enfrentamientos tienen lugar en los territorios de la Corona en el norte de Italia, pero en 1704 Portugal se une a la guerra. El Rey acude a hacerle frente, y en su ausencia, la Reina, María Luisa Gabriela de Saboya, apenas una niña de 13 años, moviliza todos los recursos disponibles para hacer frente a los rumores de levantamientos en distintas ciudades españolas. Esta demostración de voluntad y de temple del Rey en los momentos difíciles, y la energía y dotes demostrados por la Reina, impropios de su edad, les ganaron la devoción de los castellanos.

Los ingleses, entre tanto, intentan aprovechar el frente portugués para promover en Cataluña un levantamiento contra el Rey. El intento fracasa, pero, en su retirada, bombardean Gibraltar hasta rendirlo. Aunque bombardean en nombre del Archiduque, toman posesión en nombre de su Rey. 

Pero el sentimiento antiborbón es fuerte en la Corona de Aragón y, finalmente, en 1705 Cataluña y Valencia se sublevan y proclaman Rey al Archiduque, convirtiendo en guerra civil lo que hasta ese momento era una guerra internacional. Don Carlos, con acceso libre ahora al territorio español, desembarca en Barcelona y avanza hacia Madrid, aunque el hostil recibimiento que le tributan los madrileños le obliga a permanecer fuera de la ciudad.

Pero el ejército de los aliados permanece en Castilla durante dos años, y su predominio es indiscutible. Todo parece perdido para el Rey hasta que el 25 de abril de 1707, frente a Almansa, las tropas hispanofrancesas destruyen al ejército aliado. Desde ahí, Felipe V avanza y recupera sucesivamente todo el Reino de Valencia, casi todo el Reino de Aragón y las comarcas periféricas de Cataluña. Dos meses más tarde se publican los decretos de Nueva Planta, que suprime las fronteras interiores y equipara la moneda, la fiscalidad, la legislación y las Cortes según el modelo castellano.

La situación se mantiene hasta que, en 1710, una grave derrota en Almenara obliga al Rey a retirarse nuevamente del territorio aragonés. Don Carlos vuelve a Madrid, pero la hostilidad de la población civil le obliga a replegarse a territorio aragonés. Para no dar la impresión de que se produce una huida, decide hacerlo lentamente, dividiendo su ejército en dos cuerpos, que Felipe V alcanza y destruye, uno en Brihuega y el otro en Villaviciosa.

En este mismo año, la repentina muerte del emperador José I convierte al Archiduque en el emperador Carlos VI, y Europa siente ahora el temor de estar contribuyendo a la creación de una hegemonía hispanoaustríaca. En 1713, en Utrech, se firma la paz y el reparto de los territorios europeos de la Corona Española. Sólo Austria se mantiene en guerra, pero la suerte ya está echada, y el 11 de septiembre de 1714 las fuerzas borbónicas asaltan la última resistencia del Castillo de Montjuich. La paz entre España y Austria se sella ese año en Rastatt. 

Resulta difícil establecer con seguridad si Felipe V tenía en mente desde el principio la formación de un Estado absolutista. La Nueva Planta, de indudable carácter punitivo, y pieza fundamental para unificar el sistema de gobierno, el aparato legislativo y la organización judicial, parece apuntar a eso. Pero es de 1707. Y en 1701 había mostrado el Rey su desacuerdo con Luis XIV, que le recomendaba centralizar la Administración española. Su interés por salvaguardar la España que recibió lo demuestra el respeto que siempre mantuvo a las peculiaridades de Navarra y el País Vasco -peculiaridades que colean todavía hoy-, y el que tuvo también inicialmente a las instituciones de la Corona de Aragón -llegando en Barcelona a concesiones que ningún monarca había otorgado-. Pero tras la rebelión de 1705, que estuvo a punto de costarle el trono, Felipe V se mostró inflexible: la Corona de Aragón había perdido todo derecho sobre sus fueros por haber faltado a su juramento de fidelidad y haber traicionado a su Rey en el campo de batalla; y su reincorporación a la Monarquía se producía, finalmente, bajo el estatuto de territorio conquistado en guerra. Pero incluso entonces, el trato no fue igual para todos: mientras municipios rebeldes, como Barcelona y Tortosa, fueron completamente “castellanizados”, otros, que habían mantenido su lealtad al Rey -como es el caso de Cervera- la vieron recompensada con importantes privilegios.