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domingo, 25 de octubre de 2026

HAY QUE LEER Y NO LEER

 


No es bueno que el hombre esté solo. Hemos nacido para convivir, para relacionarnos con los demás y enriquecernos con su trato. A medida que dejamos atrás la infancia crece nuestra necesidad de relacionarnos: primero la familia, luego los vecinos,  los compañeros del colegio, los amigos,.. Hablar con los demás ensancha nuestros límites, de por sí bastante reducidos. Escuchar a los demás madura nuestra perspectiva, nos ayuda a manejarnos en la complejidad del mundo.


Leer es una forma de escuchar, una forma que nos permite saltar las barreras del espacio y del tiempo. Recordemos aquellos versos que escribió Quevedo en la Torre de Juan Abad:


 “Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos,

y escucho con mis ojos a los muertos.

 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.


Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.


En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquélla el mejor cálculo cuenta,

que en la lección y estudios nos mejora.”


La lectura, a corto plazo, nos proporciona momentos de placer  y nos permite superar el tedio, combatir el aburrimiento, del que tantas veces se ha dicho que es el mal de nuestro tiempo. Y, especialmente en nuestro tiempo, en el que vivimos sumergidos en la aceleración y simplificación del eficientismo y la urgencia de los medios de masas, la lectura nos ayuda a tomar distancia, a desacelerar.


El hábito de la lectura, además, amplía nuestro vocabulario -que es el instrumento con el que recibimos y transmitimos mensajes- y esa ampliación nos hace capaces de una discriminación más fina de los conceptos, nos ayuda a entender y a pensar con más precisión.


La lectura, además, nos proporciona  un horizonte vital más amplio, nos permite vivir otras vidas, tener otras experiencias, nos pone en contacto con situaciones ajenas que se nos acercan como propias, y nos proporciona la “experiencia” de una vida que deja su poso en la nuestra. Porque al asistir a la experiencia vital del “otro” podemos identificarnos con su punto de vista, su situación, sus sentimientos, sin todo lo cual no existe solidaridad, compasión ni misericordia. Y al contemplar la violencia, limitación o fragilidad de los demás tenemos la posibilidad de reflexionar mejor sobre la nuestra. 


Por eso, a largo plazo, las lecturas que hemos hecho nos configuran, nos enriquecen, nos cambian. Nos afinan el alma, o nos la embotan; nos abren horizontes, o nos los estrechan. A medida que pasa el tiempo, va quedando en nosotros el poso de los libros que hemos leído. Y el hueco de los que no hemos leído. Nuestras lecturas nos van configurando, somos -también- los libros que hemos leído. Por eso no es indiferente la lectura de unos libros o de otros, o de ninguno. 


Dicen de la juventud actual que es la generación mejor preparada de la historia. Para empezar, todos han aprendido a leer. Todos tienen ahora una poderosa arma en sus manos. Pero si los que saben leer no leen, no tienen ninguna ventaja sobre los que no saben leer.