Etty
(Esther) Hillesum fue una judía holandesa nacida en 1914 y asesinada
en Auschwitz en 1943. Su existencia se dio a conocer en 1981, con la
publicación de unos extractos del diario que comenzó a escribir en
1941 para poner algo de orden en su “caos interior” y orientar y
unificar poco a poco su vida. En él asistimos a su itinerario
espiritual que, en menos de tres años, la llevó a una maduración y
a un don de sí sorprendentes.
Hija
de un profesor de lenguas clásicas y de una judía rusa emigrada,
tiene dos hermanos, Jaap y Misha, de dos y ocho años,
respectivamente, menos que ella.
Etty
estudió Derecho y Lenguas eslavas en Amsterdam, donde su
temperamento apasionado y su sed de absoluto la llevan a lanzarse en
muchas relaciones que la dejarán «desgraciada y desgarrada». En
febrero de 1941, conoce a Julius Spier, un judío berlinés que ayuda
a las personas en dificultades a encontrar equilibrio y paz. Sin
vincularse a ninguna confesión particular, Spier había descubierto
la Biblia y había entrado en relación con Dios y en una cierta vida
de oración. Con él, Etty descubrirá también, además de la
Biblia, a autores como san Agustín o Tomás de Kempis; también
frecuentará a Tolstoi, Dostoievski y Rilke. Etty, la “chica que no
sabía arrodillarse”, se encontrará de rodillas cada vez con más
frecuencia, e irá entrando en un diálogo libre y espontáneo, pero
muy íntimo, con Dios. Y comienza a “trabajar duro sobre ella
misma”, iniciando la redacción del diario que conocemos y que será
un medio privilegiado para expresar e intensificar el diálogo que
comienza a sostener con Dios.
Etty
siente cómo nace y crece en ella un amor incondicional a la vida, y,
mientras la vida exterior de los judíos de Holanda se va haciendo
cada vez más difícil ella encontrará en sí misma un espacio de
paz, de libertad, un amor inmenso por la vida, por Dios, por toda
criatura:
“No
se nos puede hacer nada, nada verdaderamente. Se nos puede volver la
vida bastante dura, despojarnos de algunos bienes materiales,
quitarnos una cierta libertad de movimiento exterior, pero somos
nosotros quienes nos despojamos de nuestras mejores fuerzas con una
actitud psicológica desastrosa. Sintiéndonos perseguidos,
humillados, oprimidos. Teniendo odio. Fingiendo para esconder nuestro
miedo. Se tiene el derecho de estar triste y abatido, de vez en
cuando, por lo que se nos hace sufrir: eso es humano y comprensible.
Y sin embargo, el verdadero expolio, es el que nos infligimos a
nosotros mismos. Encuentro bella la vida y me siento libre. En mí,
se despliegan los cielos tan vastos como el firmamento. Creo en Dios
y creo en el hombre, me atrevo a decirlo sin falsa vergüenza... Soy
una mujer feliz y canto las alabanzas de esta vida, sí, habéis
leído bien, en el año de gracia de 1942, el enésimo año de la
guerra”.
No
es una huída de la realidad: es acoger la realidad tal como es,
aceptar todo lo que la vida ofrece, tanto el sufrimiento como la
felicidad. Etty comprende que el verdadero problema de la vida no es
el sufrimiento sino el miedo que el sufrimiento inspira. Ella se
esfuerza en aceptar como bueno todo lo que la vida, real y concreta,
le trae.
“De
tus manos, Dios mío, lo acepto todo, tal como venga. Es siempre
bueno, lo sé. He aprendido que, soportando todas las pruebas, se las
puede convertir en bien... Siempre, desde que me dispongo a
afrontarlas, las pruebas se cambian en algo hermoso”.
Etty
ha aceptado un empleo en el «Consejo judío» creyendo que podrá
ayudar a sus compañeros de infortunio. Es un trabajo doloroso, en un
ambiente de angustia y pánico, pero Etty es capaz de preservar su
paz, su amor a la vida, su relación con Dios. Y su amor se hace más
universal, más capaz de extenderse a todo ser humano sin excepción,
bueno o malo, digno o indigno. Siente también que debe desprenderse
de todo poco a poco, que nada deberá impedir que siga libremente el
destino que será el suyo, decir quizá adiós a los vínculos
familiares para compartir la suerte de su pueblo. Etty acepta la
perspectiva de la muerte:
“La
eventualidad de la muerte está integrada en mi vida; mirar a la
muerte a la cara y aceptarla como parte integrante de la vida, eso es
alargar la vida. A la inversa, sacrificar desde ahora a la muerte un
trozo de esta vida, por miedo a la muerte y rechazo de aceptarla, es
el mejor modo de no conservar más que una pizca de vida mutilada,
que no merece apenas el nombre de vida”.
En
agosto de 1942 Etty pidió ser destacada al Campo de Westerbork, un
Campo de tránsito en el que creía que sería más útil. Tenía
libertad para entrar y salir, y en uno de los primeros viajes que
realizó a Amsterdam asistió a la muerte de Julius Spier. Sobrelleva
su inmenso dolor con una calma desconcertante, y da gracias por el
don que fue Julius en su vida:
“Eres
tú quien ha liberado en mí las fuerzas que tengo. Tú me has
enseñado a pronunciar sin vergüenza el nombre de Dios. Tú has
servido de mediador entre Dios y yo, pero ahora tú, el mediador, te
has retirado, y mi camino lleva directamente a Dios; está bien así,
lo siento. Serviré yo misma de mediadora para todos los que pueda
encontrar”.
Frente
al terror y la crueldad nazi contra los judíos Etty estará tentada
de reaccionar como muchos de sus contemporáneos: con desesperación
y con odio. Pero su confianza en Dios la inmuniza contra la
desesperación, y en cuanto al odio, Etty ha comprendido que es un
veneno para el corazón. La víctima inocente de una injusticia, si
alimenta el odio a su verdugo, entra a su vez en la espiral del mal y
se convierte en su cómplice.
“Sé
que los que odian tienen para ello buenas razones. Pero ¿por qué
tendríamos que elegir siempre la vía más fácil, la más obvia? En
el Campo he sentido con todo mi ser que el menor átomo de odio,
añadido a este mundo, lo hace más inhóspito aún. Y pienso, con
una ingenuidad pueril quizá pero tenaz, que si esta tierra se vuelve
algún día un poco más habitable, lo será por el amor del que el
judío Pablo habló antiguamente a los habitantes de Corinto en el
capítulo trece de su primera carta».
Lejos
de provocar amargura y odio, su confrontación con el mal la llevó a
crecer en el amor y a reconocer que las raíces del mal están en
cada uno de nosotros, y que es ahí donde hay que combatirlo. Se
esfuerza incluso en reconocer detrás del verdugo a un ser humano,
con su propia vida interior, su propia desgracia, y aplicar el
precepto evangélico del amor a los enemigos, así como las palabras
de san Pablo a los romanos: «Venced el mal con abundancia de bien»:
“A
cada nueva exigencia, a cada nueva crueldad, debemos oponer un
pequeño suplemento de amor y de bondad que conquistar para nosotros
mismos”.
En
Westerbork, Etty se siente requerida para una misión: ser amor
lúcido y reflexivo que extiende su compasión a todos los que ella
trata. Ser, en medio de tanto dolor y sufrimiento, una remanso de paz
y de consuelo. Por las ayudas materiales que proporciona, por los
correos de los que es intermediaria, por las palabras de aliento, por
su sola presencia cuando las palabras son impotentes. Se gasta sin
tasa con las madres, con los niños solos, con las personas de edad,
con todos aquellos a los que ella puede procurar un poco de consuelo.
Su actitud en el Campo es la señal indudable de la autenticidad de
su experiencia espiritual. También se hace más profunda su vida de
oración.
“Mi
vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios
mío, en un largo diálogo. Cuando me sitúo en un rincón del campo,
con los pies plantados en tu tierra, los ojos levantados hacia tu
cielo, tengo a veces el rostro inundado de lágrimas -única válvula
de escape de mi emoción interior y de mi gratitud…- y esto
es mi oración”.
Etty
sabe cuánto importa “guardarse de hacer pesar en el día presente,
que tanto pesa, las angustias que inspira el porvenir». Escribe en
septiembre de 1942:
«Una
vez más, anoto para mi propio uso Mateo 6, 34:
"No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su
propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad". Hay
que eliminar cada día, como a las pulgas, las mil pequeñas
preocupaciones que nos inspiran los días que vendrán y que roen
nuestras mejores fuerzas creadoras. Se toman mentalmente toda una
serie de medidas para los días siguientes y nada, pero nada en
absoluto, sucede como estaba previsto. A cada día le basta su
contrariedad. Hay que hacer lo que se tiene que hacer, y por lo
demás, guardarse de dejarse contaminar por las mil pequeñas
angustias que son otras tantas mociones de desconfianza respecto a
Dios. Todo acabará por arreglarse... Nuestra única obligación
moral es desbrozar en nosotros mismos amplios claros de paz y
extenderlos cada vez más, hasta que esta paz irradie hacia los
demás. Y cuanta más paz haya en los seres, más habrá también en
este mundo en ebullición».
La
expresión, “ayudar a Dios”, aparece varias veces en sus
escritos. Etty no duda del socorro de Dios, que tienen muy
experimentado. Pero, en este tiempo particular en que parece que Dios
se ha retirado, no es tiempo de pedirle cuentas, sino de “salvar”,
en ella y en los demás, una morada para Dios, un espacio de paz, de
benevolencia, de humanidad.
“Voy
a ayudarte, Dios mío, para que no te apagues en mí, pero no puedo
garantizarte nada por anticipado. Una cosa, sin embargo, me parece
cada vez más clara: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros
quienes podemos ayudarte, y haciéndolo, nos ayudamos a nosotros
mismos. Esto es todo lo que nos es posible salvar en esta época, y
es también la única cosa que cuenta: un poco de ti en nosotros,
Dios mío. Quizá podremos también sacarte a la luz en los corazones
martirizados de los demás”
La
política nazi continúa endureciéndose. Algunos amigos aconsejan a
Etty escapar, esconderse. Pero ella quiere asumir la misma suerte que
su pueblo. Además, en enero de 1943 se ha puesto en marcha la
“solución final” (el exterminio de todos los judíos del Reich)
y sus padres y su hermano Mischa están también internados en
Westerbork desde la gran redada de junio de 1943.
En
julio de 1943, los miembros del Consejo judío deben escoger: la
mitad de ellos debe abandonar Westerbork y el resto, quedarse allí
en calidad de “internados”. Etty no quiere abandonar a los suyos
y opta por quedarse (antes de su partida confió los diarios que
había escrito a su amiga Maria Tuinzing, con el encargo de que los
hiciese publicar si ella no sobrevivía). A su hermano Mischa, por su
talento como pianista, se le ofrece escapar de la deportación, pero
no quiso
abandonar a su familia, y el comandante del Campo, encolerizado,
decidió la deportación de toda la familia, Etty incluida.
El
7 de septiembre Etty, Mischa y sus padres suben al convoy que los
llevará a Auschwitz. Los padres murieron probablemente durante el
transporte (o fueron gaseados al llegar). A Etty la matarán el 30 de
noviembre de 1943, y a Mischa, en marzo de 1944. Solo Jaap se
encontraba aún en Amsterdam. Será deportado en 1945 a Bergen Belsen
y morirá de tifus en abril.
No
se sabe nada de las semanas pasadas en Auschwitz. Pero no hay duda de
que Etty ha tenido la gracia de ser fiel a la línea de fondo de su
vida:
“Estoy
dispuesta a aceptarlo todo, en cualquier lugar de la tierra donde le
plazca a Dios enviarme; estoy dispuesta también a atestiguar, a
través de todas las situaciones, y hasta la muerte, la belleza y el
sentido de esta vida».
“Hay
que elegir: pensar en sí mismo sin preocuparse de los demás, o
tomar distancia respecto a los deseos personales y entregarse. Y para
mí, este don de sí no es una resignación, un abandono a la muerte.
Se trata de mantener la esperanza, allí donde puedo y donde Dios me
ha puesto”.