sábado, 31 de octubre de 2026

DOS DE NOVIEMBRE


   Visito el cementerio de una pequeña aldea. Los vecinos acuden a limpiar las lápidas de sus familiares, a depositar unas flores y a rezar algunas  oraciones. El cementerio, por unos días, se llena de vida. Se contemplan las fotos que tienen las lápidas y se recuerdan momentos del pasado. Los niños ayudan a sus mayores con el agua y el cubo, dos mujeres comentan los sucesos del día, pasa un hombre, ya mayor, en silencio, con una lágrima solitaria cayendo por su mejilla. La muerte y la vida se entremezclan en este cementerio -en este dormitorio- como se entremezclan, en realidad, también en la vida ordinaria.

   Está todavía presente en todos nosotros el terrible accidente de los trenes que colisionaron en Urda, las imágenes de los duelos públicos, los minutos de silencio en estaciones, ayuntamientos, estadios,... Esto es otra cosa. Aquí no se piensa en minutos de silencio, nadie se preocupa por callar o no hacer ruido. Aquí se recuerda a personas reales concretas con las que se ha tenido una relación personal concreta. Hombres y mujeres con los que se ha convivido, que han dejado una huella, un hueco, en las vidas de esta gente. Se recuerda su voz, sus gestos, su mirada, su sonrisa. Permanecen vivas en el corazón y la memoria. Aquí, un minuto de silencio carece absolutamente de sentido, aquí el corazón, que es la misma vida, reclama algo más profundo y personal, un acto de amor. Y se murmuran delante de las lápidas las palabras aprendidas hace muchos años pero que acompañan al corazón y lo confortan: Padre nuestro, que estás en los cielos,...

   ¿Es posible que, fuera de aquí, de estos lugares y estos días, no nos acordemos de ellos? El día de todos los difuntos es un sólo día, un día concreto del año, pero los difuntos, nuestros difuntos, forman irremediablemente parte de nuestras vidas. "Yo soy yo y mi circunstancia -decía Ortega-, y si no la salvo a ella no me salvo yo". Van con nosotros y esperamos volver a abrazarlos. Hasta entonces, podemos hacer por ellos algo más que callar y no hacer ruido. En una ocasión, hablando de estas cosas con personas lo bastante cercanas para que no resultar indecoroso, pregunté si rezaban por su padres. La respuesta fue: no. Es un buen momento éste para iniciar esa costumbre. Si creemos que volveremos a abrazarlos, si creemos en la vida perdurable más allá del límite de la muerte, rezar por ellos es hacerles un gran bien. Las benditas ánimas del purgatorio por las que reza la Iglesia no son personajes extraños, ajenos a nuestras vidas: son nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos,... Y quizá, cuando rezamos por aquellos que no tienen quién rece por ellos, estamos, sin saberlo, rezando por gente cercana en grado máximo, como los padres de aquellos a quienes hacía yo aquella pregunta.

   ¡Las benditas ánimas del purgatorio! Son nuestros adelantados, pido que nosotros seamos también, llegado el momento, benditas ánimas del purgatorio. El purgatorio, que hace temblar a tantos, que prefieren no prestarle mucha atención. A mí me parece la gran misericordia de Dios: una clínica de rehabilitación de las heridas sufridas en el batallar diario, una puesta a punto para recomponer las secuelas.

   La Iglesia, estos días, aplica el fondo que administra de los méritos de Jesucristo y de todos los santos para acelerar esa rehabilitación: podemos alcanzar indulgencia plenaria para las ánimas del purgatorio visitando piadosamente una iglesia u oratorio el día 2 de noviembre y rezar allí un padrenuestro y un credo. Lo mismo puede alcanzarse entre el 1 y el 8 de noviembre, visitando, personalmente o con el pensamiento, un cementerio, y rezando por los difuntos (en uno y otro caso, además, se pide tener voluntad de evitar cualquier pecado, realizar una confesión y comunión eucarística en un margen de siete días, arriba o abajo, y rezar un padrenuestro y un avemaría, o cualquier otra oración, por las intenciones del Papa).

   Un acto de amor para con las personas queridas, una ayuda más eficaz -y, si se quiere, más breve- que un minuto de silencio. Nos referimos también a esto cuando afirmamos creer en la comunión de los santos.


domingo, 25 de octubre de 2026

LOS LIBROS Y LA LECTURA

 


No es bueno que el hombre esté solo. Hemos nacido para convivir, para relacionarnos con los demás y enriquecernos con su trato. A medida que dejamos atrás la infancia crece nuestra necesidad de relacionarnos: primero la familia, luego los vecinos,  los compañeros del colegio, los amigos,.. Hablar con los demás ensancha nuestros límites, de por sí bastante reducidos. Escuchar a los demás madura nuestra perspectiva, nos ayuda a manejarnos en la complejidad del mundo.


Leer es una forma de escuchar, una forma que nos permite saltar las barreras del espacio y del tiempo. Recordemos aquellos versos que escribió Quevedo en la Torre de Juan Abad:

“Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos,

y escucho con mis ojos a los muertos.

 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.


Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.


En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquella el mejor cálculo cuenta,

que en la lección y estudios nos mejora.”


La lectura, a corto plazo, nos proporciona momentos de placer  y nos permite combatir el aburrimiento. Y, especialmente en nuestro tiempo, en el que vivimos sumergidos en la aceleración y simplificación del eficientismo y la urgencia de los medios de masas, la lectura nos ayuda a tomar distancia, a desacelerar.


El hábito de la lectura, además, amplía nuestro vocabulario -que es el instrumento con el que recibimos y transmitimos mensajes- y esa ampliación nos hace capaces de una discriminación más fina de los conceptos, nos ayuda a entender y a pensar con más precisión.


La lectura también nos proporciona un horizonte vital más amplio, nos permite vivir otras vidas, nos pone en contacto con situaciones ajenas que se nos acercan como propias, y nos proporciona la “experiencia” de una vida que deja su rastro en la nuestra. Porque asistir a la experiencia vital del “otro” nos permite identificarnos con su punto de vista, con su situación, con sus sentimientos, sin todo lo cual no existe solidaridad, compasión ni misericordia. Y al contemplar la violencia, limitación o fragilidad de los demás tenemos la posibilidad de reflexionar mejor sobre las nuestras. 


Dicen de la juventud actual que es la generación mejor preparada de la historia: todos han aprendido a leer. Todos tienen ahora una poderosa arma en sus manos. Pero si los que aprendieron a leer no leen, no tienen ninguna ventaja sobre los que no aprendieron.